¿Por qué laicos?


            Hay al menos dos propuestas sobre una reforma educativa, que se han hecho conocidas a través de los medios de prensa: la del Ec. Ernesto Talvi y la del colectivo Eduy21. La primera proyecta crear 136 liceos públicos ubicados en barrios vulnerables en todo el país. Y gestionados por el Plan Ceibal. La segunda no prevé crear nuevas instituciones, sino reformar la enseñanza actual con varias propuestas pedagógicas. Son dos proyectos optimistas y ambiciosos que dan esperanzas de cambio. Me llama la atención, sin embargo, que ambos propongan ser laicos, sin ningún fundamento pedagógico. La respuesta seguramente será que se trata de la educación pública y por eso tiene que ser laica. No me parece suficiente justificación. Una reforma ha de poner en revisión, en primer lugar, lo obvio. Si se discute lo obvio, quizás se pueda llegar a descubrir lo que no era obvio.
            La laicidad tiene una primera dimensión que es la democrática. Hay que empezar por responder a la pregunta: los que mandan sus hijos a la educación pública ¿no quieren enseñanza religiosa? Mientras no se haga una consulta –y bastaría preguntar a los padres cuando van a inscribir a los hijos- no se puede saber la respuesta. Si se supiera, sea cual fuere el resultado, se podría ofrecer un horario diferencial para los que quieren religión y para los que no la quieren. Habríamos dado un paso en la personalización de la oferta, valor que está en la raíz de los dos proyectos.
            La laicidad tiene un segunda dimensión que responde a la pregunta: ¿se puede realmente dar enseñanza laica? La respuesta es no. La enseñanza laica tiene los contenidos que quedan cuando se quita toda referencia a las religiones llamadas positivas: catolicismo, judaísmo, protestantismo. Alguien podría decir que se puede hablar de Dios sin referirse a ninguna religión concreta. Es verdad. El hombre tiene la capacidad natural de plantearse las cuestiones últimas y es así que llega a la existencia de un Creador, para afirmarlo o para negarlo. Pero tampoco se enseña esto, porque en la disyuntiva de si Dios existe o no, la educación laica opta por otra posición, tan religiosa como las anteriores, que es el agnosticismo: no se puede saber si existe o no; por tanto, no se habla de Dios. Pero esa duda teórica, en la práctica no se puede admitir, en la práctica hay que optar, y el laicismo enseña, en los hechos, a vivir como si Dios no existiera.  
            En definitiva, la educación laica surge por una suerte de amputación religiosa. Pero como toda amputación, lesiona a la persona y la deja en estado de ignorancia, no sólo religiosa, sino también filosófica. Los sistemas filosóficos pueden dejar de lado quizás la antropología o la cosmología, pero nunca a Dios. Desde los antiguos griegos hasta la filosofía contemporánea, todos han hablado de Dios. En este sentido, sirve de ejemplo, la conocida carta  que el diputado Jean Jaurés envió a su hijo, que le pedía un justificante para no asistir a las clases de religión del Instituto. Jaurés fue diputado por el Partido Obrero Francés y en 1905 consiguió unir bajo su liderazgo a los socialistas franceses, formando la Sección Francesa de la Internacional Obrera. Le decía: “Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré  jamás…Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, no lo serían sin un estudio serio de la religión”. Estoy seguro que muchos padres de la enseñanza pública piensan como Jaurés.
            Los dos proyectos de reforma de la educación, ponen un énfasis especial en preparar a los alumnos para manejar los recursos tecnológicos de hoy o los que vengan después, pero hacen tabula rasa de los saberes –religión y filosofía- que darán a las generaciones futuras razones para vivir y para esperar. Y esto ya lo hemos vivido en Uruguay. En un ensayo histórico* que leí hace poco, se entrevista a personas que vivieron, siendo liceales, las etapas previas a la dictadura.  Una de ellas declaraba: “Para mí había muchísima gente con conciencia, porque formamos parte de una generación idealista impresionante, que íbamos a cambiar el mundo”. La otra persona entrevistada decía: “Éramos gurises de 18, 20 años. Formaba parte de la efervescencia de esa edad y eran nuestras primeras armas en la militancia de ese tipo. Alguno la elaboraba, pero había otros al estilo barrabrava, ese loquito que le gusta ir y armar relajo y tirar una piedra”.
El carácter laico de la enseñanza pública fue incapaz de evitar la infiltración marxista, que parecía dar respuesta a esas inquietudes juveniles. Es que la educación laica deja un vacío que las ideologías están prestas a llenar. Y esto puede reprocharse a los dos proyectos. No es sólo con la educación STEM (por su sigla en inglés: Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), que se llena el vacío. Quizás algunos piensen que por la tecnología se salvará el mundo pero no puede ser el pensamiento de los educadores.

*Rey, Rafael, La mayoría silenciosa, Ediciones B Uruguay S.A, Montevideo, 2016.

  

 Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo el  14 de mayo de 2018.

El Uruguay inseguro

La inseguridad aumenta con el mayor número de divorcios, porque al impulso de estrechar los lazos se une la prevención de mantenerlos flojos para poder desanudarlos.






Vale la pena escribir sobre el divorcio sin limitarse a afirmar que es un hecho consumado, aceptado por toda la sociedad, ¿imposible de revertir? Algunos análisis sociológicos se refieren al divorcio como una realidad a la que solo cabe observar, sin aplicarle calificativo alguno sobre si es algo favorable o desfavorable para la sociedad, y sin la inútil pretensión de influir en el fenómeno para cambiarlo.

Las estadísticas sobre matrimonios, divorcios y uniones libres son tan rotundas que solo cabe observar y esperar que el matrimonio se derrumbe definitivamente. Ignacio Pardo, demógrafo, docente de la Universidad de la República, afirmaba en un artículo: "El escenario es irreversible. No es razonable pensar que haya un retorno a una mayoría abrumadora de hogares basados en familias nucleares (padre, madre e hijos). Lo principal es no intentar revertir esa tendencia, sino más bien adaptar las políticas para lograr los objetivos de bienestar de las personas".

A la sociología se le puede pedir, sin embargo, que nos informe si los datos sobre una población que envejece, una educación que empeora, un país que se reduce demográficamente y una violencia doméstica que aumenta, guardan relación con el divorcio. Sobre todo cuando estos fenómenos han crecido en los últimos 40 años, más o menos al mismo tiempo que el divorcio comenzó a cambiar el modelo de estructura familiar.

Esas realidades tienen en común una inseguridad y una insatisfacción personal y social que las alimenta. Y la insatisfacción engendra la violencia que padecemos en casi todos los ámbitos. Pues bien, el matrimonio y la familia son el primer lugar seguro para la persona, porque es un espacio humano de exclusividad y sin término de tiempo. Solamente en el caso de la persona que engaña respecto a su voluntad de casarse no existe ese compromiso.

Cada persona protege a la otra, no solo de los peligros externos, sino también de los vaivenes internos. Hay una mutua confianza en que los problemas futuros se resolverán porque están juntas. En un espacio así creado vienen los hijos, que son personas totalmente desvalidas que no pueden prescindir de la protección paterna ni siquiera un instante. El mundo del niño –sus afectos, sus valores, su tranquilidad– es el mundo de los padres. ¿Qué sucede cuando sobreviene el divorcio? La seguridad desaparece y la sustituye el miedo. La mujer queda desamparada, generalmente con la carga de atender sola a los hijos. El hombre se pierde y confunde en su soledad, sin el contrapeso de la mujer. Y comienza una guerra de distintas dimensiones, según los casos.

La violencia doméstica es a menudo una etapa más de este proceso. El predominio físico del hombre es una muestra de su debilidad, frente a una mujer que es más fuerte. Por eso es bastante común que suceda más entre exparejas o segundas parejas, que entre hogares constituidos. ¿Y qué pasa con los niños? Se rompe el cordón umbilical que los une al mundo y se alteran profundamente su estabilidad emocional, su afectividad y su vida de relación. No solo pierden su seguridad, sino algo más profundo: su identidad. Ya no saben quiénes son porque han perdido sus referencias. Y generalmente son embarcados en una guerra que no provocaron y que no entienden. Los padres piensan que es el momento de darles explicaciones: que su papá va a vivir en otro lado, que igual los quieren mucho, que van a hacer un viaje –cuando tienen buena posición económica–, y otros argumentos "muy razonables". Si el niño está en el entorno de los 4 años, no entiende nada. Con 7 años o más, elabora su propio dictamen de la situación que poco tiene que ver con la realidad. En ese contexto, ¿qué sucederá con el rendimiento escolar? Es imprevisible. En parte depende de la situación socioeconómica de los padres. Pero no hay duda de que el deterioro educativo tiene su primera raíz en las rupturas familiares. Y se puede sacar otra consecuencia: en un país de relaciones tan inseguras, es difícil que vengan niños y que no descienda la población.

Pero la sociología dirá: en 30 años hubo una reducción del 57% de casamientos y un crecimiento de 40% de divorcios. Es verdad. Sin embargo, estas cifras confirman lo antedicho. La inseguridad aumenta con el mayor número de divorcios, porque al impulso de estrechar los lazos se une la prevención de mantenerlos flojos para poder desanudarlos. Dejar una puerta por la que escapar. La misma inseguridad lleva a la decisión de no casarse, porque el matrimonio sigue siendo algo "fuerte", que no admite un compromiso "light".

Mejor no subir a un barco que tiene muchas posibilidades de naufragar. El Estado tiene que tener en cuenta la realidad de tantos hogares de una sola persona, de tantos hogares monoparentales generalmente de mujeres solas, de tantos hogares donde conviven muchas familias porque ya no hay un padre y una madre, sino varios. Pero la sociedad no puede cerrar los ojos a esta realidad que lo hace todo inestable y prepara a la violencia. El director de cine Alfred Hitchcock daba una definición del suspenso: un hombre con una bomba a punto de explotar y no lo sabe. Por eso es que sí vale la pena hablar del divorcio, y sobre todo de soluciones, que existen y que hay que encontrar.



Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo, el 11 de abril de 2018.

Laicidad

La palabra laicidad admite varios significados que es necesario precisar porque ellos han ido cambiando con el desarrollo histórico.


Sólo si se estudia en el contexto de nuestra historia se podrá entender su sentido. Un primer significado corresponde a la reforma de 1917. En la nueva Constitución se determinó la separación de la Iglesia Católica del Estado uruguayo. Fue el final de un largo período de tiempo en que la Iglesia desempeñó un rol institucional de primera importancia en la naciente vida independiente del país, en la educación, en las ideas filosóficas. La democracia moderna reconoce la igualdad de los derechos de todas las personas humanas, sin distinción ni excepción. El cristianismo fue el primero que enseñó la igualdad de naturaleza de todos los hombres delante de Dios, sin distinción de raza, color, clase o profesión. No ha sido por tanto la democracia griega –que aplicaba la igualdad de los hombres a una élite de nacimiento–, el modelo de la democracia moderna.

Pero ese rol de primacía fue desembocando con el tiempo en una intromisión indebida de la Iglesia en los asuntos del Estado y del Estado en los asuntos de la Iglesia. Y eso lesionaba cada vez más vivamente la legítima autonomía de cada uno.

La solución de la separación se aplicó primeramente en Francia en 1905. En la mayoría de los países, sin embargo, Iglesia y Estado continuaron unidos, y permanecen así hasta nuestros días. Es el caso de los países escandinavos. Es el caso todavía más emblemático de Inglaterra donde la Corona es la cabeza de la iglesia anglicana. En Rusia, la Iglesia ortodoxa es la iglesia oficial. Finalmente, la mayoría de los países musulmanes actuales son teocracias, en las que el islam es la ley del Estado. Paradójicamente, la independencia de Iglesia y Estado fue un fenómeno de los países llamados "católicos" y representó un progreso respecto a los demás.

La separación de Iglesia y Estado, en Uruguay, no fue sin embargo una solución pacífica. Se produjo dentro de un clima de agresión del Estado a la Iglesia y a la religión en general. Comienza aproximadamente en un gobierno blanco, en 1859, y se prolonga más allá de 1917, al menos hasta el primer tercio del siglo XX, con mayor o menor virulencia según los gobiernos. O sea que la aprobación de la Constitución del 17 fue un acuerdo dentro de un paréntesis de tal estado de cosas. Este tramo de nuestra historia, de casi 80 años, también es parte del significado de la laicidad pero de connotación negativa.

La libertad de expresión es lo que falta a la laicidad de hoy, para que pueda expresarse en el ámbito público, como sucede en materia política, económica, periodística. Un ejemplo de lo que decimos se puede apreciar en Estados Unidos. En la asunción de Donald Trump, tres pastores religiosos hicieron uso de la palabra y dirigió cada uno sus oraciones. Y eso no causó sorpresa en el pueblo americano, al contrario, sonó lógico. ¿Por qué? Es que ese país se originó a partir de una concepción distinta. Sus fundadores huían de las guerras de religión europeas y del principio consagrado en la paz de Westfalia, de que la religión del pueblo debía ser la del rey, sin más opción. Una unión de Iglesia y Estado que, decíamos, los países protestantes conservan hasta la actualidad. Como reacción a esa violencia, la futura Federación de Estados americanos creó una Constitución en la que expresamente se protegía la libertad religiosa de la influencia del Estado. Éste debía respetar todos los credos porque era su condición de existencia.

El art. 5 de la Constitución es válido actualmente: el Estado no debe sostener religión alguna. Pero la no confesionalidad no es irreligiosidad. El derecho de cada uno a la religión y a su libre expresión en el ámbito público es uno más de los derechos del ciudadano, que el Estado debe reconocer y salvaguardar. Debe asumir el compromiso de que cada ciudadano pueda sostener y manifestar su credo religioso. Se introdujo, pues, en nuestra Constitución, un elemento ideológico antirreligioso, que es necesario remover para devolver al concepto "no-confesional" su sentido original. Es coherente además con la verdadera laicidad, que el Estado también esté libre de toda ideología. Que se avance en esta materia, garantizará el mejor cumplimiento del texto constitucional y se ganará en libertad.


Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo el 19 de febrero de 2018.

Noche anunciada


Llega Navidad y comienza una movilización general con vistas al 25 de diciembre. Cada uno la vivirá a su modo, pero pocas fiestas aúnan tanto los espíritus como ésta. Nadie es ajeno. Para algunos serán días de descanso. Para otros, ocasión de reunir la familia, incluso con los que viven lejos o en el exterior. Los medios de transporte se verán sobrepasados por los requerimientos. Una oportunidad también -para quienes disfrutan de los espectáculos-, de ver grandes conciertos en todo el mundo. Y esto no sucede sólo en Uruguay. A lo largo y ancho del mundo tiene lugar el mismo fenómeno. Quizás no afecte tanto a países como India o China y el mundo musulmán, aunque tampoco son ajenos.

Pero no es casual que coincidan tantos intereses en una misma fecha. No ha sido por un consenso mundial que se celebre la Navidad. Hubo un acontecimiento de 2000 años atrás que afectó radicalmente al mundo, cuando Dios vino a la tierra. Un suceso que pasó a formar parte de la historia humana hasta el fin de los tiempos.

Uno podría preguntarse: si ésa fue la magnitud de aquel acontecimiento, ¿por qué está hoy tan olvidado? Se ignora como si no hubiera ocurrido. Esa ignorancia, sin embargo, es artificial, provocada. El agnosticismo hecho religión conduce a una existencia sin Dios que es ajena a la realidad de la mayoría de la gente. El agnosticismo es una construcción intelectual que lleva a convivir con una falsa ausencia de Dios, que tranquiliza a quienes la han elaborado pero que no afecta a la mayoría de las personas, atadas al mundo real.

El espíritu navideño que sobreviene en estas fechas es prueba de ello. Se condensan en esa expresión actitudes que son tradicionales. Por ejemplo, la de dejar de lado, por un momento, “los problemas diarios que nunca se resuelven”. En medio de frustradas esperanzas en las promesas del gobierno, las perspectivas laborales, o simplemente en los recursos personales, se busca un horizonte más amplio. Algo que no esté limitado por intereses o egoísmos. Otras veces toma la forma de solidaridad. Se experimenta la necesidad de olvidar agravios y distanciamientos que provocan pesar, y se desea volver a la amistad, al perdón. Hay una tercera actitud: que vale la pena vivir a pesar de todo. Aunque la situación que se viva sea cruel, en ese momento no lo es tanto. Se experimenta algo de esa felicidad a la que tenemos derecho todos.

Cada uno de estos sentimientos no tiene un fundamento evidente, pero el hombre los percibe como un regalo que Alguien le hace gratuitamente. Nadie los merece pero todos somos acreedores a ellos, no hay privilegios. No son espejismos que desaparecerán en cuanto vuelva la rutina, sino como un relámpago que por un momento muestra la realidad, el mundo como es.

Por esto y por más, tendrá sentido que en los días próximos se desee a otros ¡feliz Navidad!


Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo el  21 de diciembre de 2017.

¿Es posible achicar el Estado?


Quizás sí, quizás no. Depende. La sobredimensión del Estado es un mal comparable a las enfermedades autoinmunes, que atacan las propias defensas del cuerpo, incapacitándolo para librarse de ellas. En efecto, no lo hará quien es funcionario del Estado, después que ha conseguido un trabajo, que es seguro, para aliviar la carga fiscal. Tampoco el gobierno puede remediar la situación porque se mueve según una lógica electoral: si deja gente sin trabajo puede perder la elección siguiente. Los sindicatos tampoco accederán a lo que afecta su razón de ser. Y en el caso de las empresas, para muchas de ellas, el Estado es el principal cliente y no mirarán bien que el Estado se achique en perjuicio de su trabajo.
En contra de lo que parece, el estatismo no es un problema sólo económico, sino primeramente de naturaleza social, y para hallar el fundamento de ese fenómeno es preciso escuchar antes a la filosofía que a la economía. Un fenómeno que tampoco está exento de una reflexión teológica. Fichte afirma que “cuando se quita un Absoluto, otro ocupa su lugar”. En Uruguay, a lo largo del siglo XX, se fue produciendo la sustitución de Dios –entiéndase religión y valores religiosos- por el Estado. Se quitó al Dios verdadero, y el Estado se transformó en un dios, el verdadero dios con minúscula del que hablaba el diario El Día. Al dios del Estado se le da culto, se le pide todo lo que se necesita, de él se espera protección y seguridad y educación y salud. Desde el nacimiento hasta la muerte, el Estado –como un dios- protege y guarda a cada individuo. Es en ese sentido que se puede hablar de fenómeno religioso. No es exagerado comparar nuestro siglo XX al de la Roma imperial, cuando se exigía tributar culto al Emperador. En Roma todavía se puede ver el “Ara pacis augustae”, el altar a la paz de Augusto emperador.
Pero el Estado no es Dios. Es un dios débil que puede ser dominado por intereses sectoriales o ideologías. Y cuando eso sucede, el estatismo desmesurado es precisamente el instrumento que permite que esos intereses o ideologías se impongan a toda la sociedad. El Estado se transforma en el medio más eficaz para que esos intereses o esa ideología se expandan. En un país democrático, el partido más votado es el que detenta el poder y éste puede cambiar de mano, eventualmente en cada elección. Pero la debilidad no está en la rotación de partidos sino en la ideología que domina al partido de gobierno de turno. Las ideologías son radicalmente monopólicas. Son mucho más graves que otros monopolios. No permiten disensos: auténticamente no permiten pensar de otro modo. Esa opresión se hace tan insoportable que suele terminar en el imperio de la fuerza, bien para imponer la ideología o bien para rebelarse contra ella. Así sucedió con el principismo liberal del siglo XIX que terminó en el militarismo de 1875. Con el batllismo del primer cuarto de siglo que también tuvo su golpe de Estado. Y más próximo, el marxismo, que en buena parte forzó el régimen militar de 1973.
La radicalidad de la ideología trae aparejada la división en dos bandos que pugnan entre sí. Sólo se puede estar en uno u otro, y si se está en uno, se debe soportar la persecución del otro. El principismo liberal dividió la sociedad en “cultos y bárbaros”. El batllismo creó también dos mundos: lo público y lo privado. El marxismo, el capitalismo y el trabajo. La visión distorsionada de la realidad y su correspondiente radicalización es artificial y sólo existe en la mente del ideólogo. El ideólogo se aleja de la realidad y eso le impide encontrar soluciones a problemas reales. No son gobernantes, son soñadores: ellos ven lo que otros no llegan a ver por su miopía. La bipolaridad de estas ideologías no es más que un eco de la izquierda y derecha de la Revolución francesa. Valga esta cita de Blanco White, periodista que escribía desde Londres sobre la marcha de las Cortes extraordinarias de Cádiz, de 1812, el intento liberal español de Constitución: “En el estado actual, no es la nación española quien decide sobre su constitución y su modo de existencia política; es un partido que quiere fundar una Constitución a su modo, a despecho de otro, que si llega a tener poder, hará lo mismo respecto del que ahora domina. Los triunfos que se ganan de este modo no producen más que división y desorden. Más vale caminar de acuerdo hacia el bien en una dirección media que haga moverse a la nación entera, que no correr de frente atropellando y pisando a la mitad de ella” (1).
Volvamos al principio: ¿cómo puede achicarse el Estado? O bajando más aún a la realidad: ¿cómo puede reducirse la plantilla de funcionarios estatales? Solamente si los actores sociales que intervienen en el quehacer nacional se despojan de la ideología que los hace creer, a cada uno, que es el Mesías salvador, y se unen para solucionar el verdadero mal: la estatización. El gobierno deberá despojarse de su rol de empresario para actuar como gobernante, que sólo le compete a él. Los empresarios serán los creadores de empleo porque sólo ellos tienen la creatividad y los medios para hacerlo. Los sindicatos son una ayuda imprescindible para el gobierno y los empresarios representando a quienes mantienen relaciones de dependencia en el mundo laboral. Al desprenderse de una masa importante de funcionarios, el gobierno bajará drásticamente tarifas e impuestos y trasladará a los empresarios y a los sindicatos la responsabilidad de brindar trabajo y seguridad a quienes deben dejar su cargo público. ¿Es posible? Depende de que cada uno esté dispuesto a bajar de su pedestal.

(1) Suárez, Federico, Las Cortes de Cádiz, Rialp, Madrid, 1982, p. 192.


Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo el  1º de junio de 2017.


Educación: otra visión, otra solución


La educación en Uruguay está en crisis. Esta afirmación tan repetida en los últimos tiempos, cada vez nos dice menos. Por eso es necesario ser aclarada en su significado para que no se acabe hablando de lo mismo y no se entienda de qué estamos hablando. Prefiero reemplazarla por otra más explícita: la educación en Uruguay se ha empobrecido. Resultado de un lento y gradual proceso, del que ningún partido concreto es responsable. Una herencia que sufrió una merma con el tiempo, como el de una familia dispendiosa que no supo conservar los bienes que correspondían a sus descendientes. En otras palabras: cada generación tiene hoy menos para dar a la siguiente.
Uno de los méritos de la reforma vareliana fue lograr que el Estado interviniera en la educación de su pueblo, con sus consecuencias positivas, de todos conocidas, y que aliviaron a las instituciones religiosas en esa responsabilidad. El Estado había permanecido casi al margen, absorbido por la defensa de la soberanía frente a los enemigos externos: los imperios de Brasil, Inglaterra y Francia. Recién en el último cuarto del XIX pudo atender los requerimientos internos, que eran muchos, y uno de ellos especialmente letal: el resquebrajamiento de la unidad como nación. El país estaba dividido. Los partidos tradicionales, en lo político, enfrentados en revueltas fratricidas que sobrevivirían aún por años. El liberalismo y el principismo, en lo filosófico, con una radicalidad de ideas contraria a cualquier entendimiento. Y una lucha enconada, en lo religioso, entre católicos y masones, que impedía ejercer el derecho de exponer con libertad las propias convicciones y ser respetado.
El Estado enfrentó este nuevo enemigo con energía. Lo hizo a través de un golpe militar. El uso de la fuerza más bien destruye, pero en este caso dejó un resto positivo, que fue la reforma vareliana. Detengámonos en el aspecto filosófico y religioso. El Estado impuso restricciones que permitieron eliminar enfrentamientos que inmovilizaban. Nos referimos a la escuela laica. Las ideas y convicciones en esos temas quedaron fuera del ámbito educativo.
Esa medida, que por las circunstancias de un gobierno de facto, debía ser transitoria, se prolongó en el tiempo más allá de lo admisible, y lo saludable. Cuando alguien sufre la fractura de un miembro, se le inmoviliza colocando un yeso. Pero la inmovilización debe durar lo mínimo imprescindible. De lo contrario, los músculos se atrofian y aquel miembro puede perder su movilidad y energía definitivamente. Esto ha sucedido en el campo de las ideas en Uruguay. Pero hay más: las ideas no pueden ser retiradas sin más, sino que el espacio que dejan es ocupado por otras. El laicismo se transformó en filosofía y religión. Filosofía y religión oficiales. En él no hay lugar para disensión porque es un ataque al Estado y a la democracia. ¿Pero qué es una filosofía recortada y una religión sin Dios, sino una ideología? El siglo XX nos ha demostrado que las sociedades ideologizadas pierden, más temprano o más tarde, su ímpetu y su capacidad de renovarse.
Lo dicho afecta en primer lugar a la educación. En este terreno, son tres los protagonistas: el Estado, los docentes y los padres. No incluyo a la Iglesia, porque entiendo que la religión ya está comprendida, en cada uno al modo que le corresponde, en los tres. Cada uno ha de moverse en su ámbito, sin invadir los otros. Si así no fuera, el Estado sería totalitario, o los docentes corporativistas o los padres elitistas. Cada uno tira para sí, con el único resultado de –valga la expresión- “descuartizar” al educando. Actualmente, el Estado maneja los fondos pero quiere lógicamente resultados, y como éstos no llegan, termina imponiendo sus propias soluciones, como si supiera de educación. Los docentes, que sí saben de educación, o no se les permite trabajar en paz o ellos mismos dan la imagen de que las soluciones son todas y exclusivamente económicas. Los padres, que son los primeros responsables, porque se trata de la educación de sus hijos, se sienten con derecho a agredir a los docentes, cuando el hogar es el primer reducto en el que se educa. Resumiría lo anterior diciendo que la estructura educativa hoy, es la de un educador casi monopólico, que es el Estado, unos funcionarios públicos que son los docentes y unos consumidores de servicios públicos que son los padres.
Si esto es así, la solución es restablecer el rol de los protagonistas a su función natural. Aparte de velar por unos contenidos mínimos de la educación, el Estado debe cumplir la acción imprescindible de proveer recursos cuando es necesario -aunque el porcentaje del PBI para la educación no debe ser exigido sólo al Estado-. Los docentes deben recuperar su derecho a enseñar con libertad, sin restricciones en sus ideas. Y los padres deben recuperar los derechos de educación sobre sus hijos, eligiendo la educación que desean y trabajando junto a los docentes, ya que ninguno de los dos consigue algo sin el otro. Y, a la vez, deben contribuir con sus recursos, dentro de sus posibilidades, si realmente desean lo mejor para sus hijos.
Se puede esbozar un camino que conduzca a este objetivo. El director/a de cada institución educativa, primaria o secundaria, es el responsable último de su instituto: de los programas de enseñanza –también en lo filosófico y religioso-; de los docentes que elige para trabajar en él, sean profesores o administrativos; de la matrícula que se debe cobrar, según la calidad de lo que se enseña y las posibilidades sociales y económicas de los padres. El Estado cubriría los costos que no están al alcance de los padres: esa subvención será mayor en algunos casos, menor en otros, y nula en las instituciones donde los padres puedan y quieran aportar más recursos. La distinción entre enseñanza pública y privada dejaría de existir porque, entre otras cosas, se va transformando en un disolvente de la igualdad de oportunidades: la educación de calidad está reservada cada vez más para los que pueden, esto es, para los que tienen.
Esto no es una reforma educativa, sino constitucional. Pero el problema que padecemos tampoco es educativo sino de un cambio de orientación del país. La sociedad está anquilosada y hay que hacer cambios profundos antes de quedar sin posibilidades de reaccionar.


Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo en noviembre 2016.