El último debate

 

El martes de la semana pasada tuvo lugar un debate televisivo entre el expresidente Dr. Julio María Sanguinetti y el Cardenal de Montevideo, Mons. Daniel Sturla. 

Fue organizado por el Ministerio de Educación y Cultura, en el ciclo “Arena de debates”, al cumplirse 150 años del nacimiento de José Enrique Rodó. Se realizó en el Hospital Maciel, lugar emblemático, porque en 1906 se retiraron de allí los crucifijos colocados desde el inicio del hospital, que era atendido por una comunidad religiosa. Y es que acababa de aprobarse una ley en el Parlamento que mandaba retirar los símbolos religiosos de las dependencias públicas de salud, entre otras, el hospital Maciel. 

La ley causó un gran revuelo en una sociedad mayoritariamente católica. También entre figuras no católicas se produjo una reacción contraria. Rodó fue uno de esos casos. A través de una carta publicada en La Razón, calificó la medida de “jacobinista” (es decir, de empecinamiento antirreligioso). La postura de Rodó le costó la enemistad del presidente, que era José Batlle y Ordóñez, que bien puede considerarse el autor intelectual de la ley, por su firme postura anticlerical.  Rodó fundamentó sus afirmaciones en varios artículos publicados en la prensa, para contestar los argumentos del doctor Pedro Díaz, que había aparecido como defensor de la ley. Más tarde, Rodó puso sus ideas por escrito en un librillo titulado “Liberalismo y jacobinismo”. Este episodio fue el punto de partida del debate entre Sanguinetti y Sturla. 


A lo largo del mismo, el doctor Sanguinetti fue explicando las causas de las posturas anticlericales. La Iglesia estaba en una situación históricamente dominante, y eso se manifestaba en muchos campos de la vida civil. Pero a medida que fue perdiendo influencia en Occidente, fue cediendo su lugar al Estado, en un proceso que se llamó “secularización”, que comenzó en Europa. Llegó a Uruguay a mediados del XIX y se fue concretando en acciones como el traspaso de la administración de los cementerios de la Iglesia al Estado, en el gobierno de Berro; en la prohibición de la educación religiosa en las escuelas, con la reforma de José Pedro Varela; en la expulsión de las comunidades de religiosos de los centros de salud, durante el gobierno de Batlle y Ordóñez. Y, finalmente, con una nueva Constitución en 1917, en que la religión católica dejó de ser la religión oficial del Estado. A partir de ese momento, el Estado se considera laico, es decir, no tiene ninguna religión y reconoce todos los cultos religiosos. 


A su vez, el Cardenal Sturla explicó que la posición de influencia de la Iglesia había sido consecuencia de la gran incidencia que tuvo en la construcción del país, desde los inicios de su historia. Y señaló algunos momentos más destacados, como poner en marcha los primeros institutos de educación escolar, el impulso al progreso industrial por la acción de los jesuitas, la puesta en marcha de la Universidad, la participación del clero en las gestas de independencia durante el período artiguista. El Papa Juan Pablo II, en su visita al país, en 1987, había dicho que “el Uruguay había nacido católico”, expresión que resume esa realidad. 


Ambos reconocieron posiciones agresivas de representantes de cada parte en aquel proceso. Posturas y dichos que ojalá no se hubieran producido. Por eso el Cardenal se refirió a las “heridas” que permanecen abiertas, mientras el doctor Sanguinetti prefirió hablar de “cicatrices”. Son expresiones igualmente gráficas, pero cada una revela un aspecto diferente: las heridas son derechos que quedaron lesionados y que exigen una reparación, las cicatrices son los acuerdos a los que hubo que llegar para preservar la paz, cediendo cada uno en una parte de sus aspiraciones. A esta actitud se la ha denominado tradicionalmente tolerancia, que expresa que hay elementos negativos con los que es preciso convivir, mientras no se puedan quitar. Para quienes no conozcan esta parte de la historia, me permito citar el episodio que protagonizó D. José Batlle y Ordóñez en las discusiones de la Constitución de 1917, que pedía que el Estado quitara la propiedad de los templos de la Iglesia porque se habían construido con dineros públicos, cuando Iglesia y Estado estaban unidos. Batlle renunció a esta idea a cambio de que la oposición le aceptara su idea del Ejecutivo colegiado, tal como se aprobó. Y así la Constitución reconoció a la Iglesia la propiedad de los templos, y se instauró el Ejecutivo colegiado. Se ve hasta qué extremos se llevaba la discusión.  


Titulé este artículo como “el último debate”, no tanto porque sólo ha transcurrido una semana del mismo, sino porque creo que los hechos pasados han quedado claros y suficientemente discutidos. Como dijo el Dr. Sanguinetti al final: “podríamos hablar horas sobre el tema”. Pienso que las nuevas generaciones desean discutir sobre lo que aún no se ha conseguido. Es preciso seguir avanzando. Por poner solamente un ejemplo, la educación pública no depende de la Iglesia y nadie se ve obligado a profesar una fe religiosa si no lo desea. Pero se debe atender a quienes desean tenerla, en el marco gratuito que el Estado ofrece. Es decir, que el Estado asegure a cada ciudadano el derecho a elegir la religión que desea para sus hijos.
Hay muchas cuestiones que exigen, a las nuevas generaciones, soluciones nuevas. Y vivimos en un clima de paz suficiente como para discutirlas. 

Juan Carlos Carrasco
Ex-Profesor de Ética y Cuestiones de Teología de la Universidad de Montevideo.
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 2/12/2021







Iglesia Católica y Democracia

 

La intención de este artículo es dar a conocer una investigación, interesante para cualquier persona que pretenda hurgar en las raíces de las democracias modernas. Pertenece al campo de la psicología, y fue realizado por el Dr. Jonathan F. Schultz y su equipo. Se titula “The Church, intensive kinship, and global psychological variation”. Apareció en la revista Science, en 2019 (1). El equipo estudia la notable variación de perfiles psicológicos en las poblaciones del mundo. Destacan uno en particular, raro dentro del conjunto, que corresponde al grupo de sociedades actualmente desarrolladas: Europa, y sus descendientes culturales, Norteamérica y Australia-. Este grupo de países lo designan con la sigla WEIRD (en inglés: occidentales, educados, industrializados, ricos y democráticos). 

Las características psicológicas de este grupo de naciones son las siguientes. En primer lugar, la individualidad. Podemos definirla como el aprecio por la intrínseca dignidad de la persona, valorada en sus derechos y deberes intransferibles. En segundo lugar, la independencia, que es la capacidad de valerse por sí mismo, sin que eso implique prescindir de su condición social. En tercer lugar, una tendencia amigable hacia los extraños, que no son vistos como enemigos por el solo hecho de no pertenecer al propio grupo. En cuarto lugar, el inconformismo, que connota una disposición a cambiar lo que es susceptible de cambio y mejora. Si quisiéramos describir estas características por su opuesto, diríamos que son lo contrario al gregarismo. 

La tesis que la investigación intenta demostrar es doble. La primera, que las sociedades con esas características no se basan en relaciones de parentesco. El gregarismo, en las sociedades WEIRD, es menor que en la sociedades menos desarrolladas. Es una afirmación bien documentada en muchos estudios actuales, pero de la que no se ha procurado suficientemente explicar la causa. La segunda tesis es que esas sociedades son las que han recibido mayor influencia de la Iglesia Católica durante el Medioevo. En otras palabras, pretenden demostrar que fue la acción social de la Iglesia Católica a lo largo de la Edad Media la que produjo la transformación de una Europa primitiva basada exclusivamente en estructuras familiares, a una Europa basada en vínculos abiertos, más amplios que los parentales. El período de 1.000 años del Medioevo, que transcurre entre 500-1.500 DC, en los que la influencia de la Iglesia Católica fue predominante, crearon la base social de los que hoy son los países desarrollados. 

Para expresar sus resultados, definen una variable -“densidad de parentesco”-, que es la proporción o tasa de casamientos entre primos dentro de una sociedad. Demuestran que a mayor tiempo de presencia de la Iglesia Católica en un país (o una región dentro del país), menor es la densidad de parentesco. 

Desde el punto de vista antropológico, la primera organización humana es la familia, y primariamente el tejido social se constituye con relaciones de parentesco. Esto se reforzó con el sedentarismo, resultado de la aparición de la agricultura, que hizo necesaria la defensa del territorio y la organización de la producción. Así se estrechan los vínculos entre parientes y eso genera organizaciones patriarcales como los clanes o tribus. En una tribu, los lazos intensos de parentesco producen, desde el punto de vista psicológico, conductas de obediencia a las normas internas del grupo, de culto a los antepasados, de lealtad a los parientes por encima de los extraños al grupo. Una sociedad tribal, por ejemplo, reconoce las normas de la tribu, antes que las normas universales, tanto morales como legales. 

A estas razones de carácter antropológico y psicológico, hay que añadir una razón histórica. Con el comienzo de nuestra era, aparecen religiones más universalistas, con códigos morales que derivan de una creencia en una vida después de la muerte. Su influencia alcanza a las instituciones familiares de distinto modo, según la religión de que se trate. Por ejemplo, en Persia, el zoroastrismo ensalza el matrimonio con parientes, incluso entre hermanos. El Islam, siglos más tarde, permitió la poligamia y fomentó el casamiento entre primos. 

¿En qué consistió la influencia de la Iglesia Católica en Europa, para dar origen a una psicología propia que caracteriza hoy a esa sociedad desarrollada? Los investigadores la denominan Programa sobre matrimonio y familia (MFP en inglés). Es una combinación de prohibiciones y prescripciones religiosas, por las que la Iglesia romana atacó sistemáticamente, desde el comienzo, las formas institucionales basadas en el parentesco. Comenzó con prohibiciones de ciertas prácticas matrimoniales que aseguraban alianzas entre familias; por ejemplo, el levirato, por el que la viuda debía casarse con el hermano del marido difunto, algo usual entre tribus del Asia Central. La poligamia y el culto a los antepasados fueron prohibidos desde el principio. Pero fue el incesto, por sobre todo lo demás, el gran peligro que la Iglesia combatió. Para conjurarlo, hacia el año 1000 por ejemplo, estaban prohibidos los matrimonios entre primos hasta sexto grado. Igualmente los matrimonios con padrastros y parientes políticos. O con parentesco espiritual (padrinos de bautismo, por ejemplo). 

Al mismo tiempo la Iglesia promovió el matrimonio por elección libre -lo contrario al matrimonio “arreglado”- y requirió a menudo que las parejas recién casadas se establecieran en viviendas independientes del resto de la familia. También combatió ciertas prácticas de adopción legal, segundas nupcias y matrimonios polígamos, así como el concubinato; hasta el punto que muchas dinastías desaparecieron por falta de herederos. 

Concluyendo, si Europa, hacia el comienzo del Medioevo, lucía un aspecto muy similar a otras sociedades de agricultores -clanes, poligamia, sistema patriarcal y culto a los antepasados-, fue un largo período de influencia social de la Iglesia Católica, que la llevó, en los inicios de la Edad Moderna, a tener la configuración que hoy conocemos, y que se difundió en el mundo occidental. 


(1) Schultz et al., Science 366, 707 (8 de noviembre de 2019)

 

Juan Carlos Carrasco
Ex-Profesor de Ética y Cuestiones de Teología de la Universidad de Montevideo.
Master en Gobierno de Organizaciones
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Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 16/8/2021

 

¿Vale la pena?

 

¿Vale la pena seguir discutiendo sobre el aborto? Si ya se aprobó por ley, y luego se hizo un referéndum para anularla y no se consiguió. ¿Vale la pena insistir? Los que estamos en contra del aborto, ¿por qué no nos resignamos ante la evidencia y, en su lugar, dedicamos nuestras energías a otras iniciativas, de ayuda a la mujer, que puedan encontrar un consenso social más amplio? Además, uno tiene la impresión de que todo sigue exactamente igual que antes. Ahora cada cual puede guiarse por su conciencia: quien no quiera abortar no se verá en la obligación de hacerlo; y quien lo hace, en su conciencia no comete ninguna ilegalidad. 

Pero hay un problema. La sociedad tenía que resolver la situación de mujeres que se sentían coaccionadas a mantener un embarazo que no deseaban, y la solución que encontró fue el aborto. Pero ofrecer el aborto como opción creó una incertidumbre en una gran masa de gente, sobre si seguía habiendo vida humana donde hasta ahora pensaba que la había. Este pronunciamiento implícito del Estado ha causado una profunda división social.

Nadie querría un aborto si eso significara matar a un inocente. Quienes lo apoyan piensan que no están delante de una persona. Por eso se puede extraer el feto del vientre de la madre sin más cuestión que cualquier otra cirugía de extracción de un órgano. Pero esto es precisamente lo contrario a lo que opinan los que se oponen al aborto. Son dos respuestas opuestas a la pregunta si el feto es un ser humano o no. Es una contraposición más radical que aborto sí, aborto no.

Las democracias permiten que en la sociedad convivan distintas opiniones, porque disponen de mecanismos para validar una de ellas, sin que se quiebre la convivencia. A pesar de las diferencias, se comparten valores más profundos. Todos estamos de acuerdo en el valor de la libertad, de la honestidad, del valor de la vida humana, de la necesidad de aliviar a los débiles, etc. Pero el tema de la condición humana del feto es el punto de partida de todos los valores. Todos los seres de nuestra especie son seres humanos, somos iguales, y por eso podemos compartir valores; pero si no coincidimos en esto, ¿en qué vamos a coincidir? 

La experiencia histórica nos dice que cuando se pone en duda la igualdad de las personas, se cometen grandes estragos. Ha sucedido con los indios, con los esclavos, con los discapacitados, con los inmigrantes pobres y un largo etcétera, fácilmente ubicable en el pasado. Cuando ocurre, automáticamente se abre la puerta a la injusticia, porque quien pone en duda la condición humana de otros, es el mismo que, en definitiva, determina quién es humano y quién no. Y eso lo puede hacer quien ostenta la fuerza. O los hombres tenemos igual dignidad, o unos determinarán por la fuerza quiénes merecen ser considerados tales.

            Cuando la ciencia médica era más primitiva, el momento de la muerte se determinaba por la respiración, mientras se respiraba, la persona estaba viva. Luego se vio que no era un criterio adecuado, porque la persona podía estar viva y no percibirse su respiración. Con el avance médico, se utilizó el pulso cardíaco más preciso que la respiración. Si no, podíamos estar delante de una persona viva, pensando que estaba muerta. Modernamente la muerte se constata por la actividad cerebral que se mide con un encefalograma. Aún así, siempre se ha mantenido el velatorio del cadáver, como el criterio más seguro. El progreso científico nos ha ido proporcionando el verdadero criterio de un ser humano vivo.

            Se ha abierto una división en la sociedad con la ley del aborto: ésa es la razón por la que vale la pena seguir debatiendo el tema. Hace falta un reencuentro de la sociedad en este tema, que se consigue con la verdad sobre el feto humano. El Papa Francisco, en Fratelli tutti, afirma que la verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos. […] Cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas. […].

            No es tampoco un debate extemporáneo. Seguramente será necesaria una ley del rango del Código civil uruguayo para colmar ese vacío, que por alguna razón se produce en este momento, y no en otro. Las circunstancias históricas no las elegimos nosotros, nos vienen dadas, para que sigamos fortaleciendo la cultura que construimos entre todos. 

 

Juan Carlos Carrasco
Ex-Profesor de Ética y Cuestiones de Teología de la Universidad de Montevideo.
Master en Gobierno de Organizaciones
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Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 8/3/2021

Las sugerencias del Papa

AFP


    Así podría titularse la última encíclica Fratelli tutti del Papa Francisco publicada en octubre de 2020. Un llamado, primero a los católicos, para que no se olviden de comportarse realmente como católicos. Y luego a todos los que les preocupe la situación del mundo. Es una voz que escuchan millones de personas y que por eso puede ser eficaz. En un lugar, el Papa hace una afirmación sorprendente: “A veces me asombra que, con semejantes motivaciones, a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia”. Parece una frase de alguien con poco afecto por la Iglesia, pero no del Papa. En su contundencia, empuja a los católicos a decir ¡Ojo! ¡que no nos ocurra lo mismo con la pobreza y la miseria actual del mundo! Que no se nos olvide que 700 millones de personas están por debajo del umbral de pobreza, que pasan hambre, no tienen vivienda, no pueden educarse y carecen de medios para proteger su salud. ¡Y que en Uruguay hay más de medio millón de personas en condiciones de pobreza y vulnerabilidad social! ¡Que no se nos olvide!

            Claro, para solucionar ese problema, tiene que haber un cambio climático en el mundo, no precisamente de temperatura, sino de conciencia social. Si personas o países piensan que no se puede vivir de una forma diferente a la que vivimos, es un problema sin solución. Para ellos, a 700 millones de personas en el mundo, o a medio millón de uruguayos les tocó esa suerte y punto. Sin embargo, para el Papa hay remedios que se pueden poner, o mejor aún, hay “modos” de hacer que pueden y deben modificarse para conseguir el resultado. “Sin dudas, se trata de otra lógica. Si no se intenta entrar en esa lógica, mis palabras sonarán a fantasía”, dice el Papa.

            Hay un nudo gordiano que es preciso cortar: la disputa ideológica de liberalismo y progresismo, en la que estamos enroscados hace 200 años. Es un marco bifronte que una buena parte del mundo se ha fabricado. Con ese marco se clasifica todo. Hay un Papa liberal que dice: “La superación de la inequidad supone el desarrollo económico”. Y hay un Papa progresista: “El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente”. Otra vez el Papa liberal: “Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras”. Y otra vez el Papa progresista:  “En ciertos contextos, es frecuente acusar de populistas a todos los que defiendan los derechos de los más débiles de la sociedad”.  Hay que abandonar las ideologías, no sirven para gobernar, ni para consensuar, ni para implementar políticas. Dividen. Enconan. Resienten. Se crea un muro en el corazón mismo de las personas, que impide apreciar la opinión de los que piensan distinto.

El problema es cómo se consigue superar las ideologías. Si nos mantenemos dentro del rango de las sociedades pluralistas, el diálogo es el camino más adecuado. Y el diálogo crea consenso. Y mediante el consenso, se llega a valores que son permanentes y se apoyan en la condición misma de persona. No dependen del consenso, aunque se llegue a ellos a través del consenso. No es negociable, por ejemplo, la dignidad humana.

Con las ideologías se priorizan las ideas. Pero hay que priorizar las personas. El Papa lo expresa así: “Nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas”. Por esta senda se pueden elaborar “políticas de Estado” que son las que construyen los países. En Uruguay el tema de la indigencia humana podría dejarse fuera de los planes partidarios. Tener como política de Estado reducir drásticamente la pobreza. Para ello se elabora un plan de medidas consensuado que se aplicará cualquiera sea el gobierno. Y se implementará sin límite de tiempo, hasta su consecución. Pero claro, el plan no tendrá como objetivo terminar con los capitalistas o radiar al Estado de la sociedad. Se penará, en cambio, el capital improductivo y se combatirá la burocracia estatal. Pero no habrá “caza de brujas”. El Estado se aliará con los privados, el campo con la industria y el comercio.

Ese esfuerzo de unidad no puede dejar de lado lo religioso que hay en todas las personas. Se ha anestesiado la expresión religiosa en procura de una falsa tolerancia social. Es preciso ser intolerantes con las religiones que pretendieran violar la autonomía política. Se debe dar, en cambio, el legítimo lugar a las religiones para la construcción de un mundo mejor. O para despertar las fuerzas espirituales, presentes en todo el que vive según un horizonte trascendente. 

 

Juan Carlos Carrasco
Ex-Profesor de Ética y Cuestiones de Teología de la Universidad de Montevideo.
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 18/1/2021