LO QUE LA IGLESIA NO ES




La Iglesia siempre es noticia. Pero a veces las noticias no coinciden con la realidad de la Iglesia. Las explicaciones son sencillas, pero es verdad que no siempre lo sencillo es sinónimo de fácil. Dos ejemplos se pueden señalar que ilustran esta afirmación: la libertad de conciencia y el concepto de cultura: tan apreciada por el liberalismo, la primera, y por la ideología marxista, la segunda.  

         La conciencia es, dentro de la Iglesia, el punto de apoyo de todo el edificio. La idea de que la fe religiosa obliga a los creyentes a aceptar verdades contrarias a su sentir, es tan errónea como poco atractiva. Porque precisamente es a través de la conciencia que se descubre la realidad, objetivo de cualquier persona honesta. Más aún: si es posible, lo que se desea es alcanzar sabiduría, que Aristóteles definió como “gustar de las cosas como las cosas son”. La Revelación cristiana es fuente de verdad, y la conciencia la reconoce, siempre que se mantenga libre de intereses personales. Con esa conciencia, la persona descubre la existencia de Dios; reconoce que su persona no es centro del universo más que los demás; que el mundo es propiedad de todos, no solamente de los que indica el mercado o de los dueños del capital. Con esa misma conciencia, el creyente juzga a la Iglesia y le da su asentimiento. Esta actitud la expresa el Cardenal John Henry Newman- presbítero anglicano convertido al catolicismo en 1845, nombrado Cardenal en 1879 y beatificado en el 2010, por Benedicto XVI en el Reino Unido-. En Newman, su conversión es un acto en el que queda de manifiesto el primado de su conciencia respecto a cualquier otra razón. Luego de su paso al catolicismo, escribió al duque de Norfolk: “Ciertamente si yo pudiese brindar por la religión después de una comida –lo que no es muy indicado hacer-, brindaría por el papa. Pero antes por la conciencia, y luego por el papa”. Algo tan fundamental como el rol del papado sólo se entiende rectamente a la luz de la conciencia. 

         En el campo de la cultura, hay que entender la presencia de la Iglesia no como la de un cuerpo extraño dentro de la sociedad, sino la de miembros libres de esa sociedad que viven sus valores en armonía con los demás que no comparten su religión. Sus ideas y estilo de vida, junto a las de otras corrientes intelectuales y morales, conforman la cultura. Así se forjó la cultura de Occidente y el Cristianismo marcó su sello sobre la vida de ese mundo que es el nuestro. Costumbres originalmente cristianas, se trasladaron al resto de la sociedad y se hicieron patrimonio común. Expresiones como “ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos son uno solo en Cristo Jesús” -presentes desde el inicio en la Iglesia antigua-, desembocaron en la consideración de la igual dignidad de todos los hombres. Es cierto que a la humanidad le falta mucho por recorrer para llegar a las últimas consecuencias de esa idea, pero sabe hacia dónde camina. No ha sucedido igual en otras civilizaciones. Igual suerte tuvieron los conceptos cristianos de persona, familia, Estado, ley o Dios. 

Pero la cultura es histórica, al menos en el mundo judío y cristiano. No surge encerrada en sí misma, sino que fluye con el tiempo. Y durante la modernidad, la cultura dejó de ser mayoritariamente cristiana. En 1985, en una entrevista, el Cardenal Ratzinger -quien sería Papa 30 años después-, decía: “Resulta incontestable que los últimos veinte años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica” Y añadía: “Los cristianos son de nuevo minoría, más que en ninguna otra época desde finales de la antigüedad”. Este severo juicio sobre el período posterior al Concilio Vaticano II, no lo atribuía el Cardenal al propio Concilio, sino a dos causas, una interna y otra externa a la Iglesia. Por un lado, a haberse desatado en el interior de la Iglesia fuerzas centrífugas que ingenuamente confundieron el progreso técnico con un progreso espiritual auténtico. Un conflicto interno que debilitó a la Iglesia. Y externamente, al choque con una revolución cultural de “ideología radicalmente liberal de sello individualista, racionalista y hedonista”. Estos dos hechos han llevado a nuevos parámetros sociales, dejando a la Iglesia en un rol cultural secundario.

 

En este nuevo escenario, la Iglesia sigue siendo el conjunto de los cristianos, como se les llamó desde el siglo I, en Antioquía. Viven sus valores, que trasmiten a los demás, y los reciben de ellos. No siempre coinciden, pero responden a un pensamiento auténtico. Está a la vista lo que han opinado en temas de reciente legislación. Se oponen al aborto, por ejemplo, porque consideran que no es la vía para salvaguardar los derechos de las mujeres. Abominan, como todos, de los abusos sexuales que han salido a la luz en el último tiempo. O si no aceptan el matrimonio igualitario es porque piensan que no es un matrimonio y no soluciona las situaciones de discriminación que existen. Esta es la auténtica visión de una Iglesia auténtica, tal como cualquier persona que defienda la diversidad espera recibir. Por este camino se enriquecen mutuamente Iglesia y cultura.  

Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 24/12/2018

El pueblo, ¿dónde está?





El calificativo de “popular” es algo que muchas figuras políticas o movimientos o partidos, querrían tener. Sin embargo, el uso del término ha sido tan fluido a lo largo de la historia, desde la Revolución Francesa en adelante, que se ha convertido en una palabra opaca, sin verdadero contenido. La realidad es que hay cosas que llevan ese nombre con justicia. El fútbol, en Uruguay, sin duda es realmente popular. Logró unir a todos los uruguayos detrás de algo tan mítico como un Campeonato del mundo. Durante un mes, olvidamos las divisiones sociales, políticas o económicas, y compartimos unánimemente la alegría y la tristeza.
Lograr que sean populares otros aspectos de nuestra sociedad, de contenido más hondo y duradero, es un importante desafío. Sin duda que la respuesta depende de lo que se entienda por “popular”. En varios momentos de la historia moderna ha habido movimientos que se declararon populares y no lo eran. La Revolución Francesa fue quizás la primera en utilizar el concepto. El “pueblo” que se alzó contra los sectores aristocráticos correspondió, en realidad, a una particular clase social -la burguesía o tercer estado-, que procuró imponerse a otros estratos sociales que tuvieron que sufrir persecuciones y ejecuciones a manos de los revolucionarios. Lo realmente popular de la Revolución fue el deseo de eliminar las diferencias de los individuos ante la ley o el reclamo a una serie de derechos, bien resumidos en las consignas de libertad, igualdad y fraternidad. Éstos son los valores que el pueblo defendió y que permanecen. La Revolución, en cambio, derivó a un régimen de terror, luego a una dictadura, para volver a una monarquía.
La Revolución industrial y la difusión de las nuevas técnicas de producción contribuyeron a ampliar, a los estratos más desfavorecidos, las ventajas materiales reservadas a la burguesía. Esas masas, de entorno rural, emigraron a la ciudad para incorporarse al proceso industrial. La ideología del momento –el liberalismo y su laissez faire-, las sometió a una ley de oferta y demanda incontrolada, y se formaron verdaderos ejércitos de gentes desposeídas, de masas de trabajadores, cuyas condiciones materiales de existencia, frente a la del propietario ciudadano, revelaron la insuficiencia de los principios de igualdad y libertad jurídica pregonados por los liberales. Una vez más, lo que el pueblo buscaba era un reparto más equitativo de los bienes y una igualdad de posibilidades sociales y económicas, no una ley económica que se pretendía autosuficiente para repartir con justicia, condenando cualquier intervención de la autoridad.
También el marxismo proclamó una nueva y definitiva era, en la que el pueblo explotado por el capital, alcanzaría el poder y transformaría el mundo en un paraíso de igualdad y justicia. La matanza de decenas de millones de personas en las zonas que estuvieron bajo poder comunista, muestra que las masas controladas por un régimen central dictatorial no fue un movimiento espontáneo de los pueblos.
Con el liberalismo vino el laicismo, una ideología que exalta una supuesta tolerancia proscribiendo cualquier manifestación religiosa en el ámbito público. El laicismo no fue un movimiento popular. Sí lo es la religiosidad popular, y la convicción de todos, de que se deben respetar las distintas posturas, buscando mecanismos que permitan expresarse con libertad, según la conciencia de cada uno.
Lo popular se vincula a impulsos profundamente humanos –de libertad, solidaridad, religiosidad y muchos otros- que amalgaman la tradición con la creatividad, sin rigideces ni imposiciones. La sociedad va encontrando soluciones a problemas todavía sin resolver, que al producirse sin violencia, resultan populares y permanentes.
La actual agenda de derechos, que responde a la aspiración popular de atender la situación de mujeres que no desean un embarazo o a la de personas de inclinación homosexual o transexual que sufren injusta discriminación, da paso por momentos, a una dura intransigencia frente a quienes buscan soluciones que les parecen más reales y duraderas, aunque distintas. A veces esa rigidez deviene en persecución social, y parece que vuelve a repetirse la historia de imponer al pueblo lo que paradójicamente es impopular.

Juan Carlos Carrasco
Ingeniero industrial mecánico
Master en gobierno de organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 1/10/2018

A 50 años de una suba del boleto



Mayo de 1968. París y Montevideo. Una brevísima cronología (1) de las jornadas de ese mes, nos da idea de acontecimientos que fueron historia. En París, el 3 de mayo hay una manifestación de estudiantes en protesta contra la guerra de Vietnam, en el Barrio Latino, convocada por la Juventud Comunista, la Unión de Estudiantes Comunistas y otras fuerzas de izquierda. Se interrumpe el tránsito en Bv. Saint Michel y en Bv. Saint Germain. Hay choques con la policía en los días siguientes. El 13 de mayo se inicia una huelga en la fábrica Renault y los obreros ocupan la planta. El 15 de mayo los estudiantes ocupan La Sorbona. Los reclamos estudiantiles son diferentes según las facultades. En Letras, se propone dar los exámenes inminentes en forma distinta de la tradicional: entre los candidatos al diploma, quienes sean considerados dignos lo obtendrán automáticamente, los otros se someterán a un examen escrito, y en caso de fracaso, podrán presentarse a un examen oral. En Bellas Artes se discute el “papel objetivo de la urbanística”, como de la arquitectura y el arte, en la sociedad. En Medicina y Derecho se habla con insistencia cada vez mayor de autonomía de la Universidad, de “administración directa de los enseñantes y de los estudiantes”, de la revisión indispensable y profunda de los principios pedagógicos de la enseñanza universitaria.
         El 19 de mayo, desde todos los confines del país llegan noticias de que los trabajadores ocupan empresas industriales. Los obreros cuelgan en las puertas de las fábricas banderas rojas y, cantando “La Internacional”, salen a las calles y plazas de las ciudades. Se anuncia que el presidente Charles de Gaulle hablará a la nación. En su discurso del 24 de mayo, De Gaulle reconoce la necesidad de reformas y, para llevarlas a cabo, anuncia un referéndum en junio: si sale “No” dejará el gobierno, si sale “Sí”, implementará las reformas con el respaldo del país. Como reacción al discurso, el Secretario del Partido Comunista Francés declara que “el régimen gaullista debe irse”. Continúan las manifestaciones violentas. Finalmente el 31 de mayo, en un nuevo discurso, De Gaulle anuncia la disolución de la Asamblea Nacional y pospone el referéndum porque no es posible realizarlo en el estado de paralización del país. Acusa a grupos organizados de “intimidación e intoxicación” del pueblo francés.
         En Montevideo, el 11 de mayo se informa que la policía apaleó a alumnos del Liceo Rodó y del Liceo Nº 11 del Cerro, que salieron a expresar su oposición al aumento del boleto estudiantil, de $ 6 a $ 10. Los liceales cortaron el paso de vehículos en Colonia y Convención, y luego en 18 y Río Branco. El 15 de mayo continúan las manifestaciones. Se obstruye el tránsito en 18 con bancos de la Plaza Libertad y se apedrean ómnibus de CUTCSA, frente al Liceo Suárez. Al día siguiente, el presidente de CUTCSA da una conferencia de prensa para informar sobre la situación deficitaria de los servicios de transporte. Pero agrega que no hay motivos para la movilización estudiantil con actividades disolventes y que, si entre los reclamos estudiantiles se incluyen la nacionalización del transporte y la reposición de un interventor en AMDET, se puede advertir la presencia de una organización que no es esencialmente la de los estudiantes. El Intendente se reúne con delegados estudiantiles, y el 17 de mayo el Director de Planeamiento afirma que el precio del boleto se mantendrá, confirmándolo el Intendente dos días después. El 18 de mayo estudiantes de UTU ocupan la sede de Arroyo Seco, reclamando una deuda de $ 400 millones del Ministerio de Hacienda.
         El 22 de mayo se ocupa el Instituto Magisterial reclamando becas, comedor estudiantil y un 3º turno de cursos para alumnos que trabajan y estudian. El 27 de mayo el Comité Universitario del Frente Izquierda de Liberación publica las conclusiones de la Convención recién realizada. La consigna es: “El Rescate de la Nación”. Y hace un llamado a la juventud para que se levante y diga “no” a la deuda externa y al monopolio de la banca, en manos de un pequeño grupo de 600 familias entrelazado con el voraz capital extranjero. El 29 de mayo el Intendente anuncia la suba del boleto urbano, pero el estudiantil se mantiene en $ 6, con un subsidio de 100 millones del gobierno. Continúan las manifestaciones que bloquean 18 de Julio. El día 31 son dieciocho los liceos ocupados, junto con la sede de la UTU y el Instituto Magisterial.
         Con la perspectiva de los 50 años transcurridos, se puede deducir que muchos de los reclamos estudiantiles son justificables –en París y en Montevideo- por las circunstancias de los países en esos años, pero no pasaron de mera fantasía detrás de la dura realidad de la utopía marxista. Alexander Soltzhenitsyn escribió que existe una delgada línea que atraviesa los corazones de los hombres y que divide en dos la realidad: se llama “ideología”. Obreros y capitalistas, pobres y ricos, progresistas y conservadores, explotados y explotadores, público o privado: en síntesis, buenos y malos según cada una de las dos mitades a las que toque pertenecer. Dos grandes ideologías han intentado dominar el mundo en los siglos XIX y XX: la ideología liberal y el marxismo. Llegaron con 100 años de diferencia, a cambiarlo todo, a generar una revolución que rompiera con el pasado y creara un mundo nuevo. El mundo cambió, pero no por las ideologías, sino por el trabajo lúcido de mucha gente, de arriba y de abajo, que se lanzaron a solucionar los verdaderos problemas del mundo. Cinco años más tarde de los sucesos del 68, se produce en Uruguay el golpe de Estado, cuyos efectos dolorosos continúan. Lo mismo sucedió con la ideología liberal, cien años antes, que también condujo al militarismo de Latorre y Santos. La enseñanza es que cuando la sociedad logre librarse de las ideologías, podrá solucionar sus problemas reales.

(1) Diario “El Popular”, ediciones de mayo de 1968.
Juan Carlos Carrasco
Ing. Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo, el 5 de julio de 2018.


¿Por qué laicos?


            Hay al menos dos propuestas sobre una reforma educativa, que se han hecho conocidas a través de los medios de prensa: la del Ec. Ernesto Talvi y la del colectivo Eduy21. La primera proyecta crear 136 liceos públicos ubicados en barrios vulnerables en todo el país. Y gestionados por el Plan Ceibal. La segunda no prevé crear nuevas instituciones, sino reformar la enseñanza actual con varias propuestas pedagógicas. Son dos proyectos optimistas y ambiciosos que dan esperanzas de cambio. Me llama la atención, sin embargo, que ambos propongan ser laicos, sin ningún fundamento pedagógico. La respuesta seguramente será que se trata de la educación pública y por eso tiene que ser laica. No me parece suficiente justificación. Una reforma ha de poner en revisión, en primer lugar, lo obvio. Si se discute lo obvio, quizás se pueda llegar a descubrir lo que no era obvio.
            La laicidad tiene una primera dimensión que es la democrática. Hay que empezar por responder a la pregunta: los que mandan sus hijos a la educación pública ¿no quieren enseñanza religiosa? Mientras no se haga una consulta –y bastaría preguntar a los padres cuando van a inscribir a los hijos- no se puede saber la respuesta. Si se supiera, sea cual fuere el resultado, se podría ofrecer un horario diferencial para los que quieren religión y para los que no la quieren. Habríamos dado un paso en la personalización de la oferta, valor que está en la raíz de los dos proyectos.
            La laicidad tiene un segunda dimensión que responde a la pregunta: ¿se puede realmente dar enseñanza laica? La respuesta es no. La enseñanza laica tiene los contenidos que quedan cuando se quita toda referencia a las religiones llamadas positivas: catolicismo, judaísmo, protestantismo. Alguien podría decir que se puede hablar de Dios sin referirse a ninguna religión concreta. Es verdad. El hombre tiene la capacidad natural de plantearse las cuestiones últimas y es así que llega a la existencia de un Creador, para afirmarlo o para negarlo. Pero tampoco se enseña esto, porque en la disyuntiva de si Dios existe o no, la educación laica opta por otra posición, tan religiosa como las anteriores, que es el agnosticismo: no se puede saber si existe o no; por tanto, no se habla de Dios. Pero esa duda teórica, en la práctica no se puede admitir, en la práctica hay que optar, y el laicismo enseña, en los hechos, a vivir como si Dios no existiera.  
            En definitiva, la educación laica surge por una suerte de amputación religiosa. Pero como toda amputación, lesiona a la persona y la deja en estado de ignorancia, no sólo religiosa, sino también filosófica. Los sistemas filosóficos pueden dejar de lado quizás la antropología o la cosmología, pero nunca a Dios. Desde los antiguos griegos hasta la filosofía contemporánea, todos han hablado de Dios. En este sentido, sirve de ejemplo, la conocida carta  que el diputado Jean Jaurés envió a su hijo, que le pedía un justificante para no asistir a las clases de religión del Instituto. Jaurés fue diputado por el Partido Obrero Francés y en 1905 consiguió unir bajo su liderazgo a los socialistas franceses, formando la Sección Francesa de la Internacional Obrera. Le decía: “Este justificante, querido hijo, no te lo envío ni te lo enviaré  jamás…Cuando tengas la edad suficiente para juzgar, serás completamente libre; pero, tengo empeño decidido en que tu instrucción y tu educación sean completas, no lo serían sin un estudio serio de la religión”. Estoy seguro que muchos padres de la enseñanza pública piensan como Jaurés.
            Los dos proyectos de reforma de la educación, ponen un énfasis especial en preparar a los alumnos para manejar los recursos tecnológicos de hoy o los que vengan después, pero hacen tabula rasa de los saberes –religión y filosofía- que darán a las generaciones futuras razones para vivir y para esperar. Y esto ya lo hemos vivido en Uruguay. En un ensayo histórico* que leí hace poco, se entrevista a personas que vivieron, siendo liceales, las etapas previas a la dictadura.  Una de ellas declaraba: “Para mí había muchísima gente con conciencia, porque formamos parte de una generación idealista impresionante, que íbamos a cambiar el mundo”. La otra persona entrevistada decía: “Éramos gurises de 18, 20 años. Formaba parte de la efervescencia de esa edad y eran nuestras primeras armas en la militancia de ese tipo. Alguno la elaboraba, pero había otros al estilo barrabrava, ese loquito que le gusta ir y armar relajo y tirar una piedra”.
El carácter laico de la enseñanza pública fue incapaz de evitar la infiltración marxista, que parecía dar respuesta a esas inquietudes juveniles. Es que la educación laica deja un vacío que las ideologías están prestas a llenar. Y esto puede reprocharse a los dos proyectos. No es sólo con la educación STEM (por su sigla en inglés: Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas), que se llena el vacío. Quizás algunos piensen que por la tecnología se salvará el mundo pero no puede ser el pensamiento de los educadores.

*Rey, Rafael, La mayoría silenciosa, Ediciones B Uruguay S.A, Montevideo, 2016.

  

 Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo el  14 de mayo de 2018.

El Uruguay inseguro

La inseguridad aumenta con el mayor número de divorcios, porque al impulso de estrechar los lazos se une la prevención de mantenerlos flojos para poder desanudarlos.






Vale la pena escribir sobre el divorcio sin limitarse a afirmar que es un hecho consumado, aceptado por toda la sociedad, ¿imposible de revertir? Algunos análisis sociológicos se refieren al divorcio como una realidad a la que solo cabe observar, sin aplicarle calificativo alguno sobre si es algo favorable o desfavorable para la sociedad, y sin la inútil pretensión de influir en el fenómeno para cambiarlo.

Las estadísticas sobre matrimonios, divorcios y uniones libres son tan rotundas que solo cabe observar y esperar que el matrimonio se derrumbe definitivamente. Ignacio Pardo, demógrafo, docente de la Universidad de la República, afirmaba en un artículo: "El escenario es irreversible. No es razonable pensar que haya un retorno a una mayoría abrumadora de hogares basados en familias nucleares (padre, madre e hijos). Lo principal es no intentar revertir esa tendencia, sino más bien adaptar las políticas para lograr los objetivos de bienestar de las personas".

A la sociología se le puede pedir, sin embargo, que nos informe si los datos sobre una población que envejece, una educación que empeora, un país que se reduce demográficamente y una violencia doméstica que aumenta, guardan relación con el divorcio. Sobre todo cuando estos fenómenos han crecido en los últimos 40 años, más o menos al mismo tiempo que el divorcio comenzó a cambiar el modelo de estructura familiar.

Esas realidades tienen en común una inseguridad y una insatisfacción personal y social que las alimenta. Y la insatisfacción engendra la violencia que padecemos en casi todos los ámbitos. Pues bien, el matrimonio y la familia son el primer lugar seguro para la persona, porque es un espacio humano de exclusividad y sin término de tiempo. Solamente en el caso de la persona que engaña respecto a su voluntad de casarse no existe ese compromiso.

Cada persona protege a la otra, no solo de los peligros externos, sino también de los vaivenes internos. Hay una mutua confianza en que los problemas futuros se resolverán porque están juntas. En un espacio así creado vienen los hijos, que son personas totalmente desvalidas que no pueden prescindir de la protección paterna ni siquiera un instante. El mundo del niño –sus afectos, sus valores, su tranquilidad– es el mundo de los padres. ¿Qué sucede cuando sobreviene el divorcio? La seguridad desaparece y la sustituye el miedo. La mujer queda desamparada, generalmente con la carga de atender sola a los hijos. El hombre se pierde y confunde en su soledad, sin el contrapeso de la mujer. Y comienza una guerra de distintas dimensiones, según los casos.

La violencia doméstica es a menudo una etapa más de este proceso. El predominio físico del hombre es una muestra de su debilidad, frente a una mujer que es más fuerte. Por eso es bastante común que suceda más entre exparejas o segundas parejas, que entre hogares constituidos. ¿Y qué pasa con los niños? Se rompe el cordón umbilical que los une al mundo y se alteran profundamente su estabilidad emocional, su afectividad y su vida de relación. No solo pierden su seguridad, sino algo más profundo: su identidad. Ya no saben quiénes son porque han perdido sus referencias. Y generalmente son embarcados en una guerra que no provocaron y que no entienden. Los padres piensan que es el momento de darles explicaciones: que su papá va a vivir en otro lado, que igual los quieren mucho, que van a hacer un viaje –cuando tienen buena posición económica–, y otros argumentos "muy razonables". Si el niño está en el entorno de los 4 años, no entiende nada. Con 7 años o más, elabora su propio dictamen de la situación que poco tiene que ver con la realidad. En ese contexto, ¿qué sucederá con el rendimiento escolar? Es imprevisible. En parte depende de la situación socioeconómica de los padres. Pero no hay duda de que el deterioro educativo tiene su primera raíz en las rupturas familiares. Y se puede sacar otra consecuencia: en un país de relaciones tan inseguras, es difícil que vengan niños y que no descienda la población.

Pero la sociología dirá: en 30 años hubo una reducción del 57% de casamientos y un crecimiento de 40% de divorcios. Es verdad. Sin embargo, estas cifras confirman lo antedicho. La inseguridad aumenta con el mayor número de divorcios, porque al impulso de estrechar los lazos se une la prevención de mantenerlos flojos para poder desanudarlos. Dejar una puerta por la que escapar. La misma inseguridad lleva a la decisión de no casarse, porque el matrimonio sigue siendo algo "fuerte", que no admite un compromiso "light".

Mejor no subir a un barco que tiene muchas posibilidades de naufragar. El Estado tiene que tener en cuenta la realidad de tantos hogares de una sola persona, de tantos hogares monoparentales generalmente de mujeres solas, de tantos hogares donde conviven muchas familias porque ya no hay un padre y una madre, sino varios. Pero la sociedad no puede cerrar los ojos a esta realidad que lo hace todo inestable y prepara a la violencia. El director de cine Alfred Hitchcock daba una definición del suspenso: un hombre con una bomba a punto de explotar y no lo sabe. Por eso es que sí vale la pena hablar del divorcio, y sobre todo de soluciones, que existen y que hay que encontrar.



Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo, el 11 de abril de 2018.

Laicidad

La palabra laicidad admite varios significados que es necesario precisar porque ellos han ido cambiando con el desarrollo histórico.


Sólo si se estudia en el contexto de nuestra historia se podrá entender su sentido. Un primer significado corresponde a la reforma de 1917. En la nueva Constitución se determinó la separación de la Iglesia Católica del Estado uruguayo. Fue el final de un largo período de tiempo en que la Iglesia desempeñó un rol institucional de primera importancia en la naciente vida independiente del país, en la educación, en las ideas filosóficas. La democracia moderna reconoce la igualdad de los derechos de todas las personas humanas, sin distinción ni excepción. El cristianismo fue el primero que enseñó la igualdad de naturaleza de todos los hombres delante de Dios, sin distinción de raza, color, clase o profesión. No ha sido por tanto la democracia griega –que aplicaba la igualdad de los hombres a una élite de nacimiento–, el modelo de la democracia moderna.

Pero ese rol de primacía fue desembocando con el tiempo en una intromisión indebida de la Iglesia en los asuntos del Estado y del Estado en los asuntos de la Iglesia. Y eso lesionaba cada vez más vivamente la legítima autonomía de cada uno.

La solución de la separación se aplicó primeramente en Francia en 1905. En la mayoría de los países, sin embargo, Iglesia y Estado continuaron unidos, y permanecen así hasta nuestros días. Es el caso de los países escandinavos. Es el caso todavía más emblemático de Inglaterra donde la Corona es la cabeza de la iglesia anglicana. En Rusia, la Iglesia ortodoxa es la iglesia oficial. Finalmente, la mayoría de los países musulmanes actuales son teocracias, en las que el islam es la ley del Estado. Paradójicamente, la independencia de Iglesia y Estado fue un fenómeno de los países llamados "católicos" y representó un progreso respecto a los demás.

La separación de Iglesia y Estado, en Uruguay, no fue sin embargo una solución pacífica. Se produjo dentro de un clima de agresión del Estado a la Iglesia y a la religión en general. Comienza aproximadamente en un gobierno blanco, en 1859, y se prolonga más allá de 1917, al menos hasta el primer tercio del siglo XX, con mayor o menor virulencia según los gobiernos. O sea que la aprobación de la Constitución del 17 fue un acuerdo dentro de un paréntesis de tal estado de cosas. Este tramo de nuestra historia, de casi 80 años, también es parte del significado de la laicidad pero de connotación negativa.

La libertad de expresión es lo que falta a la laicidad de hoy, para que pueda expresarse en el ámbito público, como sucede en materia política, económica, periodística. Un ejemplo de lo que decimos se puede apreciar en Estados Unidos. En la asunción de Donald Trump, tres pastores religiosos hicieron uso de la palabra y dirigió cada uno sus oraciones. Y eso no causó sorpresa en el pueblo americano, al contrario, sonó lógico. ¿Por qué? Es que ese país se originó a partir de una concepción distinta. Sus fundadores huían de las guerras de religión europeas y del principio consagrado en la paz de Westfalia, de que la religión del pueblo debía ser la del rey, sin más opción. Una unión de Iglesia y Estado que, decíamos, los países protestantes conservan hasta la actualidad. Como reacción a esa violencia, la futura Federación de Estados americanos creó una Constitución en la que expresamente se protegía la libertad religiosa de la influencia del Estado. Éste debía respetar todos los credos porque era su condición de existencia.

El art. 5 de la Constitución es válido actualmente: el Estado no debe sostener religión alguna. Pero la no confesionalidad no es irreligiosidad. El derecho de cada uno a la religión y a su libre expresión en el ámbito público es uno más de los derechos del ciudadano, que el Estado debe reconocer y salvaguardar. Debe asumir el compromiso de que cada ciudadano pueda sostener y manifestar su credo religioso. Se introdujo, pues, en nuestra Constitución, un elemento ideológico antirreligioso, que es necesario remover para devolver al concepto "no-confesional" su sentido original. Es coherente además con la verdadera laicidad, que el Estado también esté libre de toda ideología. Que se avance en esta materia, garantizará el mejor cumplimiento del texto constitucional y se ganará en libertad.


Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo el 19 de febrero de 2018.