Recuperar lo que se va perdiendo

 


En la Rusia soviética de los años 30 del pasado siglo se produjo el suicidio de algunas personas del mundo de las letras que, como referentes de la intelligentsia soviética, provocaron especial impacto en la sociedad comunista. Uno de ellos dejó escrito: “Que es difícil morir, todos lo sabemos, pero también es difícil vivir”. Esta idea resuena en mi mente ante los datos del descenso de la natalidad en Uruguay. Vivir se ha hecho más difícil en nuestra sociedad. Las explicaciones de los demógrafos sobre este fenómeno no nos aportan demasiadas pistas y no sugieren ninguna solución. Por ejemplo, entre mujeres más educadas, se aplaza la edad de tener el primer hijo. Sugieren que los hijos vendrán igual, pero diez años más tarde, seguramente menos de dos. Sin embargo, esas mismas mujeres declaran luego que les hubiera gustado ser madres más jóvenes. No quedaron satisfechas con su decisión. Entre la población adolescente y pobre, los demógrafos afirman que sucede lo contrario, es decir, que tienen más hijos de lo que quisieran, porque eso no les ha permitido estudiar y han vivido rebuscándose para poder alimentar a sus hijos. Tampoco están satisfechas. Personas de dos capas diferentes de la sociedad que viven un fracaso, vinculado al índice de fertilidad.
He aquí que tenemos ya una causa de la baja natalidad, porque nadie opta por el fracaso en su vida. Parecería que el caso de las mujeres universitarias se podría solucionar si la maternidad no provocara retraso en el ejercicio profesional. El movimiento feminista -fue una consigna de la marcha del 8 de marzo- reclama condiciones laborales que permitan a hombres y mujeres acceder por igual a salarios y cargos en las organizaciones. Creo que es el camino para este sector de la sociedad. Por eso, formar familia no es un reto para la mujer sino para la sociedad. Y esto empodera la vida de la mujer.
    En el caso de las adolescentes pobres, que es el sector donde más crece la población en Uruguay, la medida que se ha tomado tiene un efecto inverso a lo que se busca. Es una campaña de esterilización por parte del Ministerio de Salud Pública, con el uso del anticonceptivo subdérmico de larga duración, que se coloca a las adolescentes en las policlínicas barriales. Una campaña muy exitosa, porque se han logrado bajar 18% los embarazos en tres años, dato que preocupa a los demógrafos uruguayos. Pero he aquí una nueva causa de la baja natalidad. La mujer queda ampliamente en desventaja, porque el hombre, más irracional que la mujer, se mueve con la libertad de algo que no entraña riesgos. Un abuso que el feminismo no ha sabido denunciar. La solución para bajar el embarazo adolescente, es una vez más, el empoderamiento de la mujer que pueda manejar su sexualidad, sin la imposición de un método que la considera incapaz de hacerlo.
    En esta enumeración incompleta de causas, hay un tercer dato a tener en cuenta. El número de matrimonios en Uruguay ha bajado a la mitad en los últimos 35 años de vida democrática, mientras las uniones libres se han multiplicado por cinco en el mismo período de tiempo. No es que las personas sean más libres para no casarse, porque la vida en pareja sigue siendo la opción mayoritaria. En realidad, ha crecido el miedo a un compromiso definitivo. Por una razón: el fracaso matrimonial está muy presente en la vida de todas las personas. La legislación a favor del divorcio, ya hace más de un siglo, ha creado el clima de que no hay otra forma de solucionar los problemas de pareja sino por la ruptura. Desde el momento que está en la legislación, así lo consideran los jueces, los abogados y, sobre todo, las parejas. Y eso causa una tremenda falta de esperanza. Están a la vista las consecuencias de las rupturas. Los hijos de matrimonios fracasados comienzan la vida en pareja con una luz roja encendida. Lo que han vivido, probablemente se vuelva a repetir y no quieren causar a sus hijos el dolor que ellos experimentaron.
    Las tres razones que hemos mostrado responden a un fenómeno común: el miedo al fracaso. Y ese sentimiento se manifiesta en menor fertilidad. No parece disparatado. Pero el miedo no se arregla dando dinero a las parejas para que tengan hijos. La respuesta viene más bien por la responsabilidad personal. Emplear el mismo recurso que resultó exitoso para controlar la pandemia. En este caso, se trataría de conseguir que “las personas tengan la cantidad de hijos que desean, en el momento en que quieran tenerlos y con las condiciones adecuadas para su crianza”, como explicaba el representante del Fondo de Población. Crear las condiciones sociales y económicas para que eso se pueda lograr. En último término, un Uruguay más seguro, más optimista, más esperanzado.
    Quizás los demógrafos piensen que ese cambio no es posible en el país. En ese caso, ellos tendrían que ser los primeros en cambiar su cabeza. Y es que, si no se implementa ese cambio, el Uruguay cambiará igual, pero en su identidad. Porque el territorio que ocupamos no quedará deshabitado. La inmigración se dará naturalmente, y con ella, un cambio de mentalidad que nosotros no hemos sabido provocar. No será el Uruguay que se ha forjado en los casi 300 años que llevamos encima de esta tierra oriental. No será el apocalipsis.

 

Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 19/10/2020


Yo no suicido




En el presente debate sobre la eutanasia estamos oyendo mucho a los políticos y poco a los médicos. Y sin embargo el proyecto de ley es para los médicos. Se está legislando para la comunidad médica. En el artículo 1 se comienza diciendo “Está exento de responsabilidad el médico que actuando de conformidad….le da muerte o la ayuda a darse muerte”. El cambio que introduce es trascendental. Basta pensar que si una persona con enfermedad terminal me pide que acabe con su vida, y lo hago, soy un homicida; pero si lo hace un médico, la ley le asegura que no lo es. En adelante habrá dos personas distintas ante la ley: los médicos y todos los demás. Y no serán distintas por razones de raza, de religión o de orientación sexual, sino por su status moral. El proyecto pretende cambiar, en el caso del médico, su condición moral. El suicidio asistido no es sino un homicidio a pedido. El que lo solicita, si reúne las condiciones que el proyecto determina, tiene derecho a solicitar al médico que cambie sus convicciones morales para atender su requerimiento. No le pide que cambie sus opiniones o sus gustos o sus aficiones. Le pide que cambie sus valores morales, que deje a un lado su identidad personal, por el simple hecho de padecer una enfermedad terminal y querer poner fin a su vida.
Este proyecto pasa por encima de algo básico en la ciencia ética y es la transformación moral que sufre quien realiza una acción. Cuando se comete un crimen, la víctima pierde la vida, y eso es un mal, pero no es el único. Aristóteles, afirmaba que en el homicidio existe un mal mayor, que es que una persona, libremente, se ha transformado en un homicida. Las acciones moldean a los que las protagonizan. En una acción corrupta se corrompe el que la realiza, corrupción que crece con la repetición de acciones en el mismo sentido. 
Se puede objetar que el médico no tiene la obligación de aceptar. Es verdad. Cada cual puede guiarse por su conciencia: quien no quiera hacer una eutanasia o un suicidio asistido, no se verá en la obligación de hacerlo; y quien lo hace con la aprobación de la ley, quizá lo haría en cualquier caso. Y si un médico rechaza la propuesta, habrá que dar con otro médico que lo haga. De ese modo todos actuarían según su conciencia. Además, es un acto en un entorno muy reducido: el paciente, dos médicos y dos testigos. No se causa un mal a otros.
Sin embargo se ha quebrado un valor que unía a toda la sociedad –la democracia necesita valores compartidos- que es el valor de la vida, y se ha instalado un derecho a la muerte. Y eso se ha producido al interior de una comunidad que era la garantía de ese derecho. Hasta ahora hemos recurrido a los médicos para que preserven nuestra salud y confiamos en que tienen el empeño de hacerlo, que lo harán mejor que lo que podríamos hacer nosotros, que van a defender nuestra vida porque los interesados no podemos hacerlo. En adelante, con esta ley, el médico podrá proteger la vida o podrá quitarla deliberadamente, si lo solicitamos.
Quizás sea difícil dar una definición teórica de lo que es un hombre, pero la experiencia nos lo hace descubrir, sobre todo, cuando nos encontramos frente a uno que sufre, que es víctima del poder, que se encuentra indefenso e, incluso, condenado a muerte. Y se puede comprender que es posible caer en la desesperación ante una muerte que llega inexorable. Por tanto, no es un momento de libertad, como se pretende hacer creer cuando alguien pide la muerte. Más bien se ha perdido la capacidad de ser libres. Somos esclavos, más que nunca. No se busca la muerte para dar vida a otro, ni tampoco por un ideal, ni por la patria, ni por la fe. Se hace porque ya no quedan esperanzas. Es la resignación frente a lo inevitable. Justamente en ese momento es que necesitamos que quien está a nuestro lado nos devuelva la esperanza para aliviar el dolor, para que recuperemos nuestra dignidad de personas. Y ese es el rol del médico. Es la persona que lidia permanentemente con la muerte, que ve morir a muchos, y nos asegura que está allí para que no suframos, porque tiene los recursos para eso; más aún: el sentido de su profesión es sanar, y si no puede, aliviar.
¿Qué sucederá si en adelante los médicos quedan divididos en dos grupos, los que rechazan la eutanasia y los que la practican? Seguiremos pensando que los médicos son los que combaten la muerte, los que ponen todo de sí para librarnos de ella si lo pueden hacer. Los otros, diremos que no son médicos. De hecho, es como define el Código de ética médica lo que es un médico. La exposición de motivos del proyecto termina diciendo: “Esperamos, sí, que de convertirse en ley el proyecto que presentamos, el gremio médico se plantee la revisión del citado artículo 46 (artículo del Código que prohíbe la eutanasia)”. El Estado, en defensa de la libertad, es el que impone a los médicos la ética con que deben actuar.
Esta es la óptica con que se debe estudiar el así llamado “cocktail” que supuestamente ya se administra a los pacientes terminales. Se dice que la eutanasia se está aplicando hoy y que la ley es un sinceramiento de esa realidad de hecho, para que la sociedad ponga fin a su hipocresía. Lamentablemente es como funciona con algunos médicos. Pero la mayoría actúa buscando aliviar, aunque el remedio quite la conciencia o acelere la muerte. Este sí es un sinceramiento necesario para la sociedad: que se sepa quiénes hoy ya están aplicando la eutanasia, y programan la muerte del paciente como quien programa una intervención quirúrgica, con fecha y hora.   
Finalmente hay quienes dicen que no se puede aplicar a una sociedad los dogmas de una religión particular. Eso es evidente. Pero hay que tener en cuenta que esta ley es para quienes la muerte es el final. Los creyentes no la necesitan porque saben que el dolor y la muerte no tienen la última palabra, que no hay motivos para la desesperación. 

Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 3/08/2020

Un tema no acabado


Leonardo Carreño

El tema de la laicidad en Uruguay es como una placa tectónica debajo de la tierra, que normalmente permanece inmóvil sustentando el suelo que pisamos, pero basta un leve desplazamiento para que un temblor sacuda furiosamente la superficie y se vengan abajo los edificios más sólidos. En la superficie de la sociedad el clima de tolerancia y convivencia pacífica fruto del Estado laico, parecen valores indiscutidos y asegurados para siempre. Pero periódicamente se producen temblores en la superficie que indican un movimiento profundo de placas geológicas, de cosas que no están resueltas. El último suceso anterior a la pandemia fue una ceremonia en la Catedral de Montevideo con la presencia del presidente, al día siguiente de haber asumido.  Inmediatamente algunos objetaron que se violaba la  Constitución, al participar el gobierno de una ceremonia interreligiosa.


La realidad es que no fue un acto de culto católico sino un encuentro en el que, además del Cardenal Sturla, asistieron representantes de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, la Iglesia Anglicana del Uruguay, la Evangélica Armenia y un rabino de la comunidad judía.  El Estado no se puso en la situación de favorecer un culto determinado, sino que asistió a un encuentro en el que se rezó por los desafíos del nuevo gobierno para bien de la gente. En término de escena, cada uno estuvo en su sitio: las distintas religiones elevaron sus plegarias y el Estado no desestimó ese acto sino que lo agradeció con su presencia. No se violó la Constitución, sino que se favoreció la expresión de los cultos reconocidos por ella. 

También podían haber estado representantes de las personas agnósticas del Uruguay. También ellas sostienen la existencia de un Dios, aunque no vayan más allá de su existencia. Son personas que no se identifican con ninguna religión positiva, pero reconocen a un Ser superior, constructor  del orden del universo, al que pertenece nuestra sociedad, y son solidarios con los cultos religiosos en invocar a Dios como ese Ser del que todo depende, para que el nuevo gobierno democrático tenga una buena gestión, en provecho de toda la comunidad. Todo el que sostenga que existe un Dios podía haber estado allí, sin violar el derecho de nadie.

Las protestas vienen de personas que entienden que se viola la laicidad del Estado ante cualquier aparición pública de cualquier religión. La religión en sí misma es para ellas peligrosa, porque si se permite –piensan- la sociedad se verá arrastrada a la división social y al fanatismo. No es honesta esta actitud de unir fanatismo y religión. En todos los sectores de la sociedad hay manifestaciones radicales que si no se perciben con espíritu amplio, podrían sonar ofensivas.


El campo de la política es un ejemplo paradigmático. Un político cuyo espíritu de tolerancia no se puede poner en duda, durante el período electoral, afirmó que las elecciones iban a dirimirse entre los que piensan que Venezuela es una dictadura y los que opinan lo contrario. Suena intolerante esa clasificación de enfrentamiento de personas, durante una campaña electoral, que debe ser el momento de mayor respeto. El tema deportivo presenta ejemplos mucho mayores de intolerancia porque incluso se consideran honorables. Y de hecho ha habido víctimas mortales. El fanatismo, por tanto, no es patrimonio de lo religioso, sino de toda acción humana que se cierra a lo que es distinto. Es un ataque a la religión identificarla por sí misma con el fanatismo, más si lo que se quiere salvaguardar es la tolerancia.

Las causas de esta hostilidad a lo religioso se pueden buscar en el choque del Iluminismo con la Iglesia Católica, especialmente en Francia, en el siglo XVIII. La Iglesia tardó mucho en distinguir la noble causa de la reivindicación de la libertad social y política, de las actitudes hostiles a la Iglesia que acompañaron a esos ideales. A esos ataques, la Iglesia se resistió, y eso retrasó su toma de conciencia del contenido de la libertad religiosa, que llegó más tarde. Esta conciencia ha seguido madurando con el paso del tiempo, y es necesario que se vaya plasmando en nuevas formas sociales, para las que no estábamos preparados cien años atrás.

La sociedad actual, lejos de las violencias de otros momentos, merece una visión más amplia y justa de lo que significa la laicidad del Estado. Me voy a servir de un discurso que pronunció el expresidente francés, Nicolás Sarkozy, en octubre de 2008, y que nos es especialmente cercano porque Francia proclamó la separación de la Iglesia y el Estado en 1905, doce años antes que en Uruguay, con clara influencia sobre nuestro país. Dice: “Ya nadie contesta que el régimen francés de la laicidad es hoy una garantía de libertad: libertad de creer o de no creer, libertad de practicar y de cambiar de religión, de no ser discriminado por la Administración por motivos religiosos...La laicidad se presenta como una necesidad y una oportunidad”. Suscribimos estas afirmaciones. Y continúa: “La laicidad no debería ser la negación del pasado, no tiene el poder de desgajar a Francia de sus raíces cristianas. Ha tratado de hacerlo. No hubiera debido”. También suscribimos estas palabras. Finalmente: “No se trata de modificar los grandes equilibrios de la ley de 1905. Se trata, en cambio, de buscar el diálogo con las grandes religiones de Francia y de tender por principio a facilitar la vida cotidiana de las grandes corrientes espirituales en vez de tratar de complicársela”.

Estas ideas son compartibles por todos –creyentes y agnósticos- y abren grandes posibilidades para el país porque iluminan una nueva etapa del país laico que todos queremos.




Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 17/06/2020

El día después


Entre los continuos recuerdos que me han venido a la mente estos días de confinamiento obligatorio, me resaltan los comentarios de Yuval Noah Harari sobre las epidemias. Este autor tuvo un éxito mundial por su libro Homo Deus, que acertadamente subtitula “Breve historia del mañana”. Sigue siendo muy citado en la actualidad. Sin embargo, las tesis del libro son al menos controvertidas, y las expongo a continuación. La primera es que “en los albores del tercer milenio, la humanidad se despierta y descubre algo asombroso. La mayoría de la gente rara vez piensa en ellos, pero en las últimas décadas hemos conseguido controlar la hambruna, la peste y la guerra”. Como consecuencia, “no necesitamos rezar a ningún dios ni a ningún santo para que nos salve de ellos. Sabemos muy bien lo que es necesario hacer para impedir el hambre, la peste y la guerra…, y generalmente lo hacemos con éxito”.

Creo que nadie haría estos días esta afirmación, porque sería de mal gusto, aunque tampoco estamos en la década de 1330, cuando surgió en algún lugar de Asia oriental un brote epidémico llamado Peste Negra, que se extendió rápidamente por toda Asia, Europa y el norte de África. Murieron entre 75 y 200 millones de personas. Tampoco estamos en enero de 1918, sometidos a la “gripe española”, que mató entre 50 y 100 millones de personas en menos de un año, más que la Primera Guerra Mundial que acababa de terminar.  La ciencia cuenta con más recursos que la mera suerte, y que los médicos, cada año que pasa, acumulan más y mejores conocimientos, que utilizan con el fin de elaborar medicamentos y tratamientos más eficaces. Es verdad. La realidad, sin embargo, es que el mundo se ha detenido por un espacio de tiempo que nadie puede determinar a ciencia cierta, como efecto de una partícula invisible. La mejor defensa, por el momento, es no salir de la propia casa, actitud poco airosa para una humanidad como la que describe Harari.

Pero la cosa no acaba ahí. El autor nos explica que haber superado el hambre, las pestes y las guerras, “nos sitúa como bomberos en un mundo sin fuego y por tanto, en el siglo XXI, la humanidad necesita plantearse una pregunta sin precedentes: ¿qué vamos a hacer con nosotros? En un mundo saludable, próspero y armonioso, ¿qué exigirá nuestra atención y nuestro ingenio?…¿Qué harán durante todo el día científicos, inversores, banqueros y presidentes? ¿Escribir poesía?” La pregunta es insólita, pero la respuesta que nos dará es más insólita aún. Nos dice que en el siglo XXI es probable que “los humanos hagan una apuesta seria por la inmortalidad”, o “probablemente el segundo gran proyecto de la agenda humana será encontrar la clave de la felicidad” o “los humanos tratarán en realidad de ascender a dioses”. ¿Cómo será posible conseguir estos objetivos? Según Harari, se pueden seguir cualquiera de estos tres caminos: ingeniería biológica, ingeniería ciborg e ingeniería de seres no orgánicos. Creo que los primeros sorprendidos ante semejante futuro serán los ingenieros. Parece que el problema que nos aguarda es no saber qué hacer con tanto poder.

Homo Deus y su “Historia del mañana” tiene puntos en común con la Biblia y su “Historia del Pasado”. Sin que el autor lo haya buscado, trata los mismos temas. La Biblia narra cuándo el hombre perdió la inmortalidad con la que fue creado. Y cómo perdió su felicidad original. Y vincula ambos hechos con el momento en que el Diablo (representada por la serpiente) dijo a la mujer: “No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe que el día que comáis de él (el árbol del bien y del mal) se os abrirán los ojos y seréis como Dios”. El Homo Deus, ni más ni menos. Y a partir de aquel momento, entró la muerte y el mal en el mundo. Pero Dios no dejó de ayudar al hombre y salvarlo de la miseria en que se metió.

Por eso mañana volveremos a salir a la calle. Habremos superado una etapa más de nuestra historia. Los científicos encontrarán el modo de detener la pandemia, elaborarán la vacuna y el hombre habrá vencido otra vez. Pero hagamos que quienes sepan rezar, lo hagan; cada uno como lo sienta. Será una señal de realismo, un modo de mantener los pies sobre la tierra, y sentirnos seguros: habrá sufrimiento pero saldremos, porque ese el plan de Dios. Lo ha venido haciendo desde el Origen. Y así, con la ciencia y la ayuda de Dios hemos llegado al siglo XXI. 


Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 23 de abril de 2020.

¿Por qué el Frente no ganó?

Camilo dos Santos


El título de este artículo es deuda contraída en otro artículo que escribí antes de las elecciones internas de junio: Por qué gana el Frente. Al terminar decía que, si mi pronóstico era equivocado, quedaba pendiente una disculpa. Cumplo ahora esa promesa. Pero voy a defraudar a los que esperan que diga algo original respecto a por qué me equivoqué. No tengo nada que añadir a los argumentos que muchos han elaborado explicando el resultado de las elecciones.
Argumentos muy sólidos, que dan razones suficientes de los hechos. Sin embargo, los argumentos expuestos en aquel momento me siguen pareciendo válidos. Sintéticamente, daba tres explicaciones del supuesto triunfo del Frente: que la ideología de la oposición era más débil que la del progresismo, que pesaba el clientelismo político construido en estos 15 años en el gobierno y que el Frente ha impulsado una agenda de derechos en sintonía con las tendencias internacionales del momento. Además, resaltaba la analogía entre la izquierda y el batllismo del siglo pasado, porque este último también tuvo su ideología, su clientelismo y su agenda de derechos. No son ajenos uno y otro.
La derrota del Frente fue por muy poco margen, hasta el punto que se ha hablado de un país dividido en dos mitades. Y se ha escuchado que la mitad perdedora tiene que resistir el embate de la mitad ganadora para conservar lo que se ha conquistado en los últimos 15 años. El Frente es ahora conservador, frente a los “conservadores” de antes.
Voy a intentar explicar por qué, entre esas dos mitades no existe una grieta como se ha dicho, salvo que se quiera expresamente provocar. Y lo quiero hacer con base en los argumentos de mi primer artículo. La razón es que las alternancias de gobierno se apoyan en bases más profundas, que sobreviven a ellas. Y así lo demuestra la historia.
Los cambios en el poder responden, en primer lugar, a razones coyunturales: indicadores macroeconómicos, cambios en el panorama internacional, nuevas tecnologías: situaciones que ya no satisfacen las expectativas de la sociedad y que reclaman reacomodar la propia realidad. Pero no es lo único. A nivel profundo, en la interioridad de las personas, hay movimientos más estables, que no están sometidos a las ofertas de nuevos gobiernos. Son como ríos subterráneos que cambian de curso más lentamente y sus efectos se ven con el paso del tiempo. También ellos provocan alternancias en el poder, no necesariamente coincidentes con los factores coyunturales, sino en ciclos más largos. ¿Qué nos dice la historia?
La religión, en primer lugar, y los sistemas ideológicos, después, se mueven en este nivel. Vienen de más atrás pero siguen vigentes. Ellos explican hechos del presente que, de otra forma, serían un enigma. Pues bien, Uruguay fue parte del Imperio español, y arrancó su vida institucional con esa identidad, que se compone de una religión –la católica–, y de aspectos políticos, económicos, sociales. Jugaron un rol decisivo para nuestra historia, al menos durante 100 años, de los 300 de historia.
Toda la gesta de la independencia tuvo un signo cristiano que Artigas supo amalgamar con el espíritu de la Ilustración. Este catolicismo se mantuvo a lo largo del tiempo, cuando ya no formábamos parte de España, pero los valores cristianos siguen vigentes, aunque muchas personas ya no se sientan parte de la Iglesia, e incluso consideren que su presencia es nociva.
La religión fue, junto a elementos políticos y económicos, un fuerte motor de civilización y progreso. Pero también dejó una herencia negativa porque se realizó en el marco de una imbricación de Iglesia y Estado que dio origen a conflictos que hubo que resolver, desde la independencia en adelante.
Decíamos que las ideologías son el segundo componente de los elementos fundantes y aparecen cuando ya somos un Estado. Jugaron el rol positivo de separar la Iglesia del Estado. Pero en esa separación, los valores cristianos se mantuvieron en la mayor parte de la población, hasta el punto que aseguraron la buena marcha de muchos de los cambios –educativos, sociales, etcétera– que sobrevinieron con los conflictos.
Para entender más esos procesos hay que saber que, en esencia, las ideologías son sistemas de ideas que ofrecen una explicación simplificada de la realidad, pero con pretensiones de religión verdadera, a la que combaten para sustituirla, aunque se sirvan de sus valores.
En Uruguay ha habido tres grandes familias ideológicas, que conviven hoy: el liberalismo masónico de la segunda mitad del XIX, el batllismo de la primera mitad del XX y la izquierda radical en su segunda mitad. El liberalismo filosófico fue una escisión del catolicismo, que negó su contenido para reducirlo a una relación impersonal y subjetiva con Dios, que llamamos agnosticismo. La masonería impulsó esta nueva religión, incluyendo ataques a la Iglesia.
El batllismo, la segunda corriente ideológica, tomó las ideas cristianas de justicia social, vigentes en Francia y Alemania, y creó una legislación muy avanzada que perdura. En el tema de la mujer, junto a medidas positivas, estableció el divorcio, de consecuencias desastrosas para el país. Atacó duramente a la Iglesia católica, casi hasta la persecución. Finalmente, apareció la tercera ideología –el marxismo– que se viabilizó a través del Frente Amplio, en unión con una importante corriente de inspiración cristiana, de auténtica búsqueda de la justicia por fuera de la dialéctica materialista. Pero al igual que el batllismo con el divorcio, en pos de los legítimos derechos de la mujer, aprobó el aborto, que es una condena más que una liberación. Las consecuencias están aún por verse.
La religión y las ideologías, descritas en este brevísimo racconto, están presentes en la actual coyuntura, son el puente que une el estatus actual con el que viene. No hay pues una grieta, decíamos, salvo que se la quiera provocar, y lo haríamos si pretendemos reinventar nuestro pasado. Cito a un autor contemporáneo: “La crisis de la memoria solo puede engendrar una crisis cultural. La condición del progreso reside en la transmisión de los logros del pasado. El hombre está física y ontológicamente ligado a la historia de quienes lo han precedido. Una sociedad que rechaza el pasado, corta con su futuro; es una sociedad muerta, una sociedad sin mejoría, una sociedad vencida por el Alzheimer”.


Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 24/02/2020