Mi amigo agnóstico


¿Quién no tiene un amigo que se declare agnóstico? Sobre todo en Uruguay. Yo tengo varios, pero estoy pensando concretamente en uno, que me inspira a escribir este artículo. Es una persona muy agradable, universitario, con buena cultura. Cuando en alguna conversación aflora alguna referencia a Dios, desvía la conversación afirmando que no cree en esas cosas porque es agnóstico. Me ha contado que su madre es católica, aunque no practica, y que él salió a su padre. Lo bautizaron de chico, más por tradición, pero nunca practicó la fe. En la Universidad se transformó en ingeniero y se volvió -según él- muy racional.

No es, sin embargo, una persona antirreligiosa; al contrario, tiene una fe profunda y sincera en la tolerancia, en la fraternidad, en la solidaridad. No es fe en Dios, sino en el hombre y en lo que este puede conseguir por sí mismo, sin necesidad de un Ser Superior, tan lejano como innecesario. Estos sentimientos los ha adquirido, según cree, con el simple devenir de su vida a través de la educación pública. Son valores que el país posee como patrimonio desde su nacimiento como nación. La historia verdadera es que el agnosticismo es la última etapa de un proceso histórico que comienza el catolicismo masón, continúa con el deísmo o religión del deber, y llega al gnosticismo. Así señala Arturo Ardao, que en la década de 1860 se produce una crisis uruguaya de la fe en la que los católicos masones se separarán de la Iglesia, a la que habían pertenecido como miembros activos desde la llegada de la masonería, en 1856, durante el gobierno de Gabriel Pereira. El deísmo se separa de la Iglesia y desarrolla su nueva religión: la religión del deber o religión natural. Recoge una frase de Prudencio Vázquez y Vega: “En la religión del deber existen los elementos necesarios de toda religión, esto es: Dios, el hombre y relaciones entre estos dos seres”. El Dios cercano al hombre, en la nueva religión se sustituye por el Ser Supremo, que no interviene en la vida del mundo. La doctrina de la caridad del mundo católico se transforma en la de la filantropía, que ayuda al hombre sin necesidad de una motivación religiosa. Es una religión escindida pero que continúa como religión.

El agnosticismo es un paso más. El deísmo masónico cede ante el empuje del positivismo. Ardao nos dice que hacia 1880, “con el positivismo filosófico y el naturalismo científico, advienen en el país las formas agnósticas y ateas del racionalismo religioso”. Para el agnosticismo, no se puede conocer si Dios existe o no. No está al alcance de la razón semejante conocimiento, y por eso se debe dejar de lado cualquier argumento en un sentido u otro.

Y es lo que le sucede a mi amigo. Ingresar en el tema religioso es, para él, como adentrarse en una habitación a oscuras, donde no podemos saber qué hay en su interior. Como consecuencia, no se puede -ni vale la pena- hablar de ello. No hay nada para decir. Por eso, cuando llegamos a este punto, mi amigo responde con el silencio.

Esto es para mí una contradicción. Que haya un tema del que no se puede hablar, entre dos personas universitarias, resulta extraño a lo propiamente universitario, característico por su “universalidad” de temas. Nos encontramos frente a la paradoja de una corriente que nació entre intelectuales pero que nos ha conducido a silenciar las opiniones. Ardao nos dice que “el agnosticismo, heredado del precedente positivismo spenceriano, es la filosofía religiosa dominante en el liberalismo, hegemónicamente irradiada desde la cátedra de la Universidad; en Rodó y Vaz y Ferreira tiene este liberalismo agnóstico sus encarnaciones de mayor jerarquía intelectual y de más duradero influjo en el país”.

O sea que nuestra realidad no es la de un país agnóstico. El agnosticismo en nada refleja el sentir de la mayoría de la gente. Pertenece a una élite intelectual, que tomó esta postura religiosa y aprovechó la hegemonía de la universidad estatal para difundirla. No he encontrado agnósticos a nivel popular, en gente de menos cultura. En general aceptan sin reparos la idea de Dios, e incluso les agrada hablar de ello, aunque tengan ideas poco ilustradas y sin práctica religiosa. No saben lo que la palabra agnosticismo significa; más bien afirman que, para ellos es innegable que Dios existe, aunque no van a la iglesia o no creen en los curas.

El silenciamiento que el agnosticismo provoca tampoco es coherente con la conducta. Mi amigo actúa en su vida diaria como si Dios no existiera. En la práctica no se puede mantener la incertidumbre de si existe o no. A la hora de actuar, él vive como si no existiera. Teóricamente, si no sabe si Dios existe, podría vivir como si existiera, que es la otra posibilidad. Pero  esto no ocurre. Se vive como un ateo, sin serlo. Nuestra amistad es fuerte, a base de respeto por las posiciones del otro, que ninguno oculta. Al final creo que es la base de la verdadera tolerancia.

Juan Carlos Carrasco

Ing. Industrial Mecánico
Master en gobierno de organizaciones 

Nota aparecida en el diario El Observador de Montevideo el 26 de septiembre de 2019
   

Asaltos al poder



           Las “internas” nos mostraron un rejuvenecimiento de la clase dirigente del país en los tres partidos. En un artículo pasado, “Por qué gana el Frente”, dije que la ideología es la que manda, y en ese aspecto me parece que el Frente es más fuerte; que los partidos de la oposición tienen un pensamiento más débil, aunque incluya propuestas de política fiscal, comercio internacional, educación, seguridad. La oposición propone soluciones –algo nada menor en este momento de problemas-, pero no llega a ofrecer un pensamiento que “encante” por su idealismo y la transformación del país que se anhela.
    El cerno ideológico de la extrema izquierda del Frente se sacudió estos días cuando Daniel Martínez habló sobre la URSS: "Fue una vergüenza y todavía estamos pagando los horrores que hizo la URSS, porque el campo progresista terminó identificándose con una experiencia lamentable". Hace rato que el Frente nos debía una opinión de este tenor sobre la URSS, porque a 30 años de su caída, los resultados de 7 décadas de régimen están a la vista: tiranía, persecución, pobreza y millones de muertos. Y todavía no se sabe todo. Las declaraciones de Juan Castillo revelan que esa materia sigue pendiente: "Habría que reconocerle a la URSS su aporte a la coexistencia pacífica de millones de seres humanos”. También está pendiente hacer justicia al pueblo ruso al que muchas veces se ha identificado con el régimen soviético, cuando ya lleva décadas de esfuerzo por liberarse de él. Rusia, aún con un gobierno autoritario, es una nación con claros avances, por ejemplo, en su apertura a la libertad religiosa. Esta declaración de Martínez es bienvenida.
    En el campo colorado, Talvi había declarado hace tiempo: "Sí, somos progresistas y también somos liberales. ¡Que lo escuche todo el mundo. Somos liberales!"
 Pues bien, tiene una propuesta educativa que ha denominado “la reforma vareliana del siglo XXI” que no condice con su talante liberal.  Su proyecto educativo se basa en la construcción de 136 liceos públicos “modelo” en las zonas más vulnerables del país. Nos dice: Así vamos a empezar a combatir la marginalidad y toda la secuencia de drogas y delitos que hay detrás, porque no hay marginalidad y violencia que puedan contra la educación. "Queremos un país donde la enseñanza  pública no tenga nada que envidiar a la privada."  Entonces se trata de un proyecto de educación estatal, cuyo modelo es la educación privada que -si es tan ejemplar como afirma- habría que abaratarla para que deje de ser elitista, y no ubicarla en la vereda de enfrente de la pública. El proyecto crea un sistema paralelo: habrá dos sistemas estatales, en lugar de uno. Pero el propuesto no ofrece cambios respecto al actual. Se moderniza, es verdad, se hace más eficiente, pero se mantienen ausentes, tanto la religión libre como la filosofía de todas las épocas. Con matemáticas, informática e inglés,  no se crea humanidad. Lo mismo propuso José Pedro Varela pero en un momento en que se pensaba que la instrucción era el camino seguro “a la mayor felicidad y al mayor bien posibles”. Talvi también piensa que la instrucción traerá inevitablemente la liberación de las lacras humanas. Es un pensamiento anticuado e ideológico. Hoy sabemos que sin valores humanísticos no hay tal felicidad. Talvi nos ofrece un sistema estatal y laico: por eso no encanta. No significa un avance de fondo, aunque todo proyecto de mejorar lo que hay sea bienvenido.
    En el campo “blanco” encuentro una propuesta con cierta novedad en el proyectado MIDES de Lacalle. Pablo Bartol hacía estas declaraciones: "Encuentro organizaciones sociales que están trabajando muy bien, con las que me estoy reuniendo. Coincidimos en muchas cosas. Hay algo que ya he dicho y que sé que provoca un poco de molestia en algunos: creo que los problemas se resuelven desde el llano, con la gente que tiene el problema, y que el técnico que viene de afuera podrá tener mucho conocimiento, pero no está en el contexto del problema y que por eso tiene poca capacidad de convencimiento entre esas personas. Querer ser siempre la locomotora que arrastra vagones es paternalismo. Hay organizaciones que trabajan con la gente, y que junto con la gente van encontrando soluciones. Me voy a apoyar mucho en esa gente. Hemos hablado mucho de trabajar con los referentes barriales."
Al menos no se habla “del pobre” y del “pueblo”, conceptos tan abstractos como inútiles. Hoy padecemos una saturación de esos términos. En las palabras de Bartol parece como si el horizonte fuera el “bien de la persona”, que es lo que efectivamente existe. Aquí veo una novedad y un cambio ideológico respecto a lo actual.
    Si tuviera que retroceder, volvería a escribir el artículo que cité al principio, porque creo que los “asaltos al poder” que hace la oposición todavía no son suficientes, pero obviamente no está dicha la última palabra.

Juan Carlos Carrasco
Ing. Industrial Mecánico
Master en gobierno de organizaciones

Artículo publicado en el diario El Observador de Montevideo el 5 de agosto de 2019

Ni uno menos


Cuando era chico, me decían que en Uruguay éramos pocos pero teníamos la ventaja de que los problemas eran más fáciles de solucionar. Me parecía lógico. Así lo expliqué también a otros cuando hablaba de mi país: somos pocos, pero gracias a eso, nos entendemos mejor. Con el paso del tiempo empecé a dudar de esa afirmación porque, por ejemplo, en el siglo XIX éramos menos todavía y hubo más guerras civiles que en nuestra época. Parecía que la solución sangrienta de los problemas más bien había disminuido con el aumento de la población. Por otro lado, teníamos otros problemas porque el mercado es demasiado chico,  la masa crítica demasiado pequeña para crear grandes emprendimientos culturales o científicos. Además aprendí que había otros países más pequeños con mucha mayor población, que se cuentan entre los más desarrollados del mundo. Países como Bélgica, con 30.000 km2 y 11 millones de habitantes. Inglaterra, que si fuera un estado soberano, sería el más densamente poblado de la Unión europea, después de Malta, con 407 habitantes por km2. O Singapur, que tiene 697 km2 y 5 millones de habitantes, de los que 2 millones son extranjeros y de los restantes nativos, el 75% son chinos y el resto malayos, indios y euroasiáticos.
    Ahora bien, si solamente fuéramos pocos, sería cuestión de conformarnos de que no seremos un gran país en el futuro o que nuestra influencia sobre el resto del mundo será insignificante. Nos resignamos. Pero el problema es que se viene registrando una tendencia a la baja en la natalidad. El Ministerio de Salud informó que en 2018 hubo 2.897 nacimientos menos que el año anterior. Curiosamente este descenso nos asemeja a los países desarrollados, Europa occidental y Japón, donde la tasa de fertilidad es de 1,85 –por debajo de la de reemplazo que es 2, 1-. El hemisferio norte –donde están los países desarrollados- decrece en población, mientras el hemisferio sur sigue creciendo: más del 90% de menores de 24 años viven en el hemisferio sur. En suma, nos parecemos a los países desarrollados del hemisferio norte pero vivimos en el hemisferio sur. La perspectiva, si no hubiera cambios, sería desaparecer como nación y ser absorbidos por poblaciones con crecimiento más pujante.
    En Europa y Estados Unidos la teoría de Malthus, que afirma que la población crecerá más que los alimentos y se producirá una situación de hambre a nivel mundial, llevó a aplicar prácticas de control de la natalidad que terminaron creando una despoblación a niveles preocupantes en algunos de los países. Malthus fue desmentido años después, cuando se comprobó que, gracias a la tecnología, la producción de alimentos se multiplicó mucho más que la población. Ante el fracaso inicial, la teoría mutó su objetivo por el de combate a la pobreza, facilitando la disminución de la natalidad entre los más pobres. Conseguir que los pobres sean menos fértiles para sacarlos de su pobreza. No se alcanzó, sin embargo este objetivo, pues la mayor adhesión a su predicación se consiguió entre los grupos sociales más elevados. Fueron los ricos los que comenzaron a inclinarse por una familia restringida, para mantener seguridades ya conseguidas y como consecuencia de un  aburguesamiento ético creciente. Hasta aquí, lo ocurrido en los países desarrollados. Uruguay, hemos dicho, ha adoptado este patrón, según lo que se observa en las políticas anticonceptivas de las autoridades sanitarias. Obviamente no se podría aplicar el malthusianismo por escasez de alimentos, pero sí su segunda versión, el combate a la pobreza. A ello se ha añadido lo que podríamos llamar una tercera versión, con la nueva agenda de derechos. El Ministerio de Salud informó que durante 2018 hubo 10.711 interrupciones voluntarias del embarazo.
El clima anti-demográfico es inevitable. El problema es qué acciones tomar, porque no se puede imponer un control de natalidad inverso, desde el momento que está en juego la moral de la persona, fuera del alcance de cualquier gobierno. Sería absurdo pretender imponer que se tengan hijos. Pero se puede crear una legislación “espejo” de la aprobada en los últimos gobiernos. Una legislación que permita que la familia de 3-4 hijos tenga más facilidad para cubrir sus necesidades de salario, educación y vivienda. Hay sectores de población –de diferentes niveles económicos- que aspiran a una familia más numerosa que la de uno o dos hijos. Se trata de potenciar el valor demográfico de estos sectores, salvaguardando de paso su derecho de decisión, cercenado a veces por razones económicas.
La campaña electoral no puede abordar el tema porque aún falta crear conciencia de la crítica situación en que nos encontramos. Pero su gravedad irá en aumento y no se podrá soslayar. Pensamos que será parte de los temas para “el día después”.

Juan Carlos Carrasco
Ing. Industrial Mecánico
Master en gobierno de organizaciones

Artículo publicado en el diario El Observador de Montevideo el 23 de mayo de 2019

PORQUÉ GANA EL FRENTE



Para fundamentar tal afirmación haría falta un conjunto de argumentos de carácter político, sociológico, histórico; y además gozar de una buena cuota de suerte para acertar. Es cierto. Un desafío a todas luces. Pero eso no me impide elaborar un razonamiento, más modesto, que aporte algunos elementos al debate previo a las elecciones de octubre. La conclusión del razonamiento corre por cuenta del autor.
             Luego de 15 años de gobierno, el Frente es un barco con daños en el casco pero que no le impiden navegar. Hay realidades que la oposición no cesa de marcar como el endeudamiento, el déficit fiscal con aumento de impuestos incluido, el deterioro de la educación, la inseguridad, focos puntuales de corrupción. Por eso se afirma que esta elección es más incierta que las anteriores. Pero ninguno de esos elementos, en mi opinión, llega a afectar la estructura del Frente. En una entrevista en el diario El País, Marina Arismendi, ministra de Desarrollo Social, decía que “cuando las izquierdas se equivocan, o cuando no hacen lo necesario, los que se embroman son siempre los mismos: los niños, los viejos, los pobres, las personas con discapacidad..”. Es decir, si el Frente pierde, vendrá la desolación sobre la gente necesitada, porque a la derecha –como se clasifica a los que piensan distinto-, no le interesan los pobres. Obviamente esto no es verdad, pero es el cerno del pensamiento ideológico. Y éste permanece. Es decir, el Frente se preocupa hoy por los pobres más que la oposición.
            Las ideologías simplifican la realidad, la dividen en 2 partes, una es la buena y otra la mala, y la buena debe vencer a la mala para alcanzar la felicidad de todos. En el Frente hay ideología; también la hay en la oposición, pero más débil. Ésta le recrimina al oficialismo el déficit fiscal, el riesgo de perder el grado inversor, el deterioro de la educación y la inseguridad. Pero el déficit fiscal –altamente pernicioso- no afecta a una enorme mayoría de gente. Perder el grado inversor, como podría suceder, no es un problema a corto plazo para muchos. Incluso el estado de la educación, preocupa a menos gente de lo que parece, como decía el profesor Rilla, hace pocos días. Quizás la inseguridad es más cercana a la gente y hace más fuerza. Por otro lado, el Frente sí ha conseguido objetivos, y no se pueden soslayar. Y algunos de los que no se consiguieron, son difíciles de conseguir para cualquiera. Sin ir más lejos, la burocracia estatal es un “bolo alimenticio” que hay que ver quién lo traga.
            La ideología de la izquierda, a su vez, no es una flor nacida en el descampado, sino en un terreno abonado por el batllismo, el otro pensamiento que fue tan fuerte como el de izquierda. Apoyado en el liberalismo de viejo cuño, y con un fuerte ingrediente de anti catolicismo, el batllismo también tuvo un componente altamente social. Constituyó un período muy rico en la legislación laboral y social, que colocó al Uruguay dentro de los países de avanzada. Pero con una concepción del Estado que lo hizo el único protector de los débiles.
Vale la pena citar aquí a Luis Batlle, para ver su concepto de justicia social, 20 años antes de que la lucha de clases se transformara en el motor del cambio social: “Cuando se amasa la riqueza entre el capitalista y el trabajador, lo que se produce es de todos y tiene que repartirse con equidad para que no exista el que lo tiene todo y el que no tiene nada, porque eso no es ni la tranquilidad ni la paz, ni la justicia; eso es la arbitrariedad y con arbitrariedad no podemos asegurar la paz social”.  Este impulso del batllismo se conserva y potencia con el Frente Amplio. Es una corriente que viene de atrás y se ha afianzado.
Otro elemento a considerar es el clientelismo político, que ha contribuido al éxito del sistema partidario, y que es la utilización, principalmente por el partido de gobierno, del aparato del Estado con fines electorales. Un voto por el empleo público, ha formado la ya mencionada burocracia, adicta al partido al que se debe. Hay una buena masa de empleados públicos que han llegado al Estado a través del Frente. En esto no ha habido cambios  respecto a los partidos tradicionales. Las razones mencionadas hacen pensar que la confrontación de fuerzas entre el Frente y la oposición, es despareja, y debería prevalecer la ideología, desde mi punto de vista. El batllismo gobernó 30 años en el primer período y 12 años en el segundo. Casi medio siglo. El Frente Amplio lleva 15 años en el poder. La política no es matemáticas pero hace más gráficas las ideas.
Hay una última similitud que quiero resaltar y es la lucha por los derechos de la mujer, signo de nuestro tiempo, y que todavía es un ideal a conseguir. El batllismo, sin embargo, identificó ese derecho con la liberación de la mujer de las cadenas del matrimonio, como lo expresaba Batlle y Ordóñez. Aunque originalmente no era una idea popular, sino más bien de una pequeña minoría, se difundió con el tiempo dentro de la sociedad hasta volverse una institución. Al punto que, cien años más tarde, todavía cuesta vincular esa mentalidad divorcista con los males sociales que padecemos, como el retraso educativo, la droga, la delincuencia, la violencia doméstica. Sin familia, la sociedad se llenó jóvenes que tienen que valerse solos, que han perdido las referencias sociales, que se van transformando progresivamente en “lobos solitarios”. El proceso ha continuado y la pendiente agenda de derechos de las mujeres ha llevado al Frente a dar una pretendida respuesta con el aborto, la congelación de embriones y el matrimonio igualitario. Las consecuencias de estas leyes todavía son impredecibles, aunque es posible que se acorten los tiempos entre causa y efecto.
Si mi pronóstico sobre las elecciones es equivocado, queda pendiente otro artículo para disculparme.
Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial mecánico
Master en gobierno de organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 4/4/2019
http://jcarrascosite.blogspot.com/

Más libertad


Vamos terminando gradualmente el período de examen sobre el 2018. Un examen que todo el país realiza al finalizar cada año y que arroja los desafíos que hay que acometer el año próximo. Se escucha que la economía crece bastante menos que antes, que el déficit fiscal ha aumentado, que la inseguridad se ha incrementado y la educación ha empeorado. Hay un consenso bastante generalizado de que esos son algunos de los problemas a resolver. ¿Quién los tiene que resolver? Lamentablemente, en esto también hay bastante consenso: el gobierno. Parafraseando a Artigas, “nada debemos esperar sino... del gobierno”. En consecuencia, iremos a los políticos, especialmente en año electoral, a preguntarles qué van a hacer. Cómo van a impulsar la economía para que el país tenga mayor riqueza. Cómo la van a distribuir. Qué haremos para que los ingresos superen los gastos. Y por supuesto, de qué manera transformaremos la educación para que sea moderna y eficiente. Y así con el resto de los temas que importan. En consecuencia, las expectativas están puestas en ellos.

¿Pero qué sucederá si los problemas no se arreglan? Si seguimos padeciendo los mismos males? Los políticos tienen la culpa -se dirá- porque no supieron arreglar las cosas para que el país “arranque” de una vez. A veces muestran la capacidad, no de resolver problemas, sino de generarlos donde no los hay. Muchas crispaciones y conflictos surgen de errores de gobernantes, desde los líderes de las grandes potencias, a las autoridades locales. Esto ha hecho que la clase política no sea la más valorada en los tiempos que corren. Pues, si los problemas permanecen, se producirá una gran decepción. Y aumentará el pesimismo que tristemente parece formar parte de nuestra identidad. ¡Ojalá me equivocara en esta descripción de sucesos! Porque la realidad es que necesitamos levantar la cabeza y respirar a pulmón lleno, so pena de que haya gente que deje el país y la población siga decreciendo. Soy optimista de que eso no sucederá y que habrá cambios alentadores, aunque es necesario un cambio de paradigma, que nos haga encontrar los resortes que realmente producen los cambios.

A lo largo del siglo XX, el país fue experimentando una progresiva pérdida de vitalidad que se ha transformado casi en agonía en el siglo XXI. Se le podría llamar estatización, pero esto no describe la realidad adecuadamente. El Estado ha ido creciendo porque la sociedad se ha empobrecido en sus energías, en su creatividad, en sus iniciativas. A mi modo de ver, la raíz más profunda es la incomprensión del valor de la libertad o, quizá, la subordinación de su valor a otros que parecen más importantes o más urgentes, como pueden ser, por ejemplo, la seguridad económica y la igualdad por decreto, con la falsa creencia de que sólo el Estado puede conseguirlo. La ideología liberal, con la doctrina batllista de principio de siglo, sembró la sospecha sobre lo privado. El Estado era el garante de toda justicia porque los particulares sólo pueden atender a sus intereses. El incremento de la actividad pública aseguraría la honradez, la igualdad, la prosperidad de la nación. Dentro de esta ideología no cabe la posibilidad de que un ciudadano pueda distribuir riqueza a su alrededor sólo porque se lo dice su conciencia. Esto compete al Estado que es el que piensa en el bien de todos. Y por eso debe ocuparse, no sólo de las tareas inherentes al gobierno de la sociedad, sino también de las actividades que por “seguridad nacional” deben protegerse, como el abastecimiento de combustible, los teléfonos, la electricidad, el suministro de agua. Entonces la libertad de conciencia se recorta y crece el elemento coactivo por excelencia, que son los impuestos, que hacen posible solventar la acción omniabarcante del Estado.

Si la conciencia ética de cada ciudadano es la que dicta el bien que debe hacer -y el mal que no debe hacer-, su función se sustituye por la conciencia del gobernante. Pero quitar la posibilidad de que alguien resuelva por sí mismo lo que puede y debe hacer en provecho de los demás, es disminuir su libertad, y con ello, su responsabilidad. Esto viene sucediendo en nuestro país desde hace tiempo. El campo de la acción personal se va reduciendo. Claro, hay una historia pasada que despierta temor a la libertad de conciencia. El capitalismo, provocado por el liberalismo del siglo XIX, creó enormes abismos de desigualdad y explotación. El campo de batalla de la “lucha por la vida” en que la sociedad se transformó, fue en aumento y engendró más lucha, la de clases. Decía Chesterton, hablando del liberalismo: “El hombre se declaró autónomo, con libertad absoluta respecto a todo, sea Dios, la familia, sus jefes o sus dependientes. Responsable sólo ante sí mismo y su conciencia. Es lógico que para ese sujeto aislado la vida sea una lucha. Struggle for life. Y que su motivación sea sólo su beneficio, aunque conlleva la aniquilación de los más débiles por los más fuertes, al amparo de sus propios intereses. El marxismo transformará al individuo en “masa” y proclamará que existe una ley histórica inexorable que acabará con el capitalismo y creará un mundo de justicia y felicidad”. El estatismo descontrolado fue un remedio más terrible que la enfermedad que pretendía curar.

El triste proceso de pérdida de libertad que comenzó en el mundo con los excesos del liberalismo de fin del XIX, en nuestro país creció con el batllismo de la primera mitad del XX, y se acentuó con el marxismo de la segunda mitad del siglo XX, que sobrevive aún en sectores de la izquierda. Devolver a la sociedad esta libertad y su consiguiente capacidad de crear soluciones y abrir nuevos caminos: he ahí un desafío para la clase política. Dejar espacio a la conciencia de los ciudadanos, sin pretender sustituirla, y ayudarles al mismo tiempo a enfrentar su propia responsabilidad, es una tarea apasionante y posible.


Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 21/2/2019