El Uruguay inseguro

La inseguridad aumenta con el mayor número de divorcios, porque al impulso de estrechar los lazos se une la prevención de mantenerlos flojos para poder desanudarlos.






Vale la pena escribir sobre el divorcio sin limitarse a afirmar que es un hecho consumado, aceptado por toda la sociedad, ¿imposible de revertir? Algunos análisis sociológicos se refieren al divorcio como una realidad a la que solo cabe observar, sin aplicarle calificativo alguno sobre si es algo favorable o desfavorable para la sociedad, y sin la inútil pretensión de influir en el fenómeno para cambiarlo.

Las estadísticas sobre matrimonios, divorcios y uniones libres son tan rotundas que solo cabe observar y esperar que el matrimonio se derrumbe definitivamente. Ignacio Pardo, demógrafo, docente de la Universidad de la República, afirmaba en un artículo: "El escenario es irreversible. No es razonable pensar que haya un retorno a una mayoría abrumadora de hogares basados en familias nucleares (padre, madre e hijos). Lo principal es no intentar revertir esa tendencia, sino más bien adaptar las políticas para lograr los objetivos de bienestar de las personas".

A la sociología se le puede pedir, sin embargo, que nos informe si los datos sobre una población que envejece, una educación que empeora, un país que se reduce demográficamente y una violencia doméstica que aumenta, guardan relación con el divorcio. Sobre todo cuando estos fenómenos han crecido en los últimos 40 años, más o menos al mismo tiempo que el divorcio comenzó a cambiar el modelo de estructura familiar.

Esas realidades tienen en común una inseguridad y una insatisfacción personal y social que las alimenta. Y la insatisfacción engendra la violencia que padecemos en casi todos los ámbitos. Pues bien, el matrimonio y la familia son el primer lugar seguro para la persona, porque es un espacio humano de exclusividad y sin término de tiempo. Solamente en el caso de la persona que engaña respecto a su voluntad de casarse no existe ese compromiso.

Cada persona protege a la otra, no solo de los peligros externos, sino también de los vaivenes internos. Hay una mutua confianza en que los problemas futuros se resolverán porque están juntas. En un espacio así creado vienen los hijos, que son personas totalmente desvalidas que no pueden prescindir de la protección paterna ni siquiera un instante. El mundo del niño –sus afectos, sus valores, su tranquilidad– es el mundo de los padres. ¿Qué sucede cuando sobreviene el divorcio? La seguridad desaparece y la sustituye el miedo. La mujer queda desamparada, generalmente con la carga de atender sola a los hijos. El hombre se pierde y confunde en su soledad, sin el contrapeso de la mujer. Y comienza una guerra de distintas dimensiones, según los casos.

La violencia doméstica es a menudo una etapa más de este proceso. El predominio físico del hombre es una muestra de su debilidad, frente a una mujer que es más fuerte. Por eso es bastante común que suceda más entre exparejas o segundas parejas, que entre hogares constituidos. ¿Y qué pasa con los niños? Se rompe el cordón umbilical que los une al mundo y se alteran profundamente su estabilidad emocional, su afectividad y su vida de relación. No solo pierden su seguridad, sino algo más profundo: su identidad. Ya no saben quiénes son porque han perdido sus referencias. Y generalmente son embarcados en una guerra que no provocaron y que no entienden. Los padres piensan que es el momento de darles explicaciones: que su papá va a vivir en otro lado, que igual los quieren mucho, que van a hacer un viaje –cuando tienen buena posición económica–, y otros argumentos "muy razonables". Si el niño está en el entorno de los 4 años, no entiende nada. Con 7 años o más, elabora su propio dictamen de la situación que poco tiene que ver con la realidad. En ese contexto, ¿qué sucederá con el rendimiento escolar? Es imprevisible. En parte depende de la situación socioeconómica de los padres. Pero no hay duda de que el deterioro educativo tiene su primera raíz en las rupturas familiares. Y se puede sacar otra consecuencia: en un país de relaciones tan inseguras, es difícil que vengan niños y que no descienda la población.

Pero la sociología dirá: en 30 años hubo una reducción del 57% de casamientos y un crecimiento de 40% de divorcios. Es verdad. Sin embargo, estas cifras confirman lo antedicho. La inseguridad aumenta con el mayor número de divorcios, porque al impulso de estrechar los lazos se une la prevención de mantenerlos flojos para poder desanudarlos. Dejar una puerta por la que escapar. La misma inseguridad lleva a la decisión de no casarse, porque el matrimonio sigue siendo algo "fuerte", que no admite un compromiso "light".

Mejor no subir a un barco que tiene muchas posibilidades de naufragar. El Estado tiene que tener en cuenta la realidad de tantos hogares de una sola persona, de tantos hogares monoparentales generalmente de mujeres solas, de tantos hogares donde conviven muchas familias porque ya no hay un padre y una madre, sino varios. Pero la sociedad no puede cerrar los ojos a esta realidad que lo hace todo inestable y prepara a la violencia. El director de cine Alfred Hitchcock daba una definición del suspenso: un hombre con una bomba a punto de explotar y no lo sabe. Por eso es que sí vale la pena hablar del divorcio, y sobre todo de soluciones, que existen y que hay que encontrar.



Artículo publicado en el diario EL OBSERVADOR de Montevideo, el 11 de abril de 2018.