¿Vale la pena?

 

¿Vale la pena seguir discutiendo sobre el aborto? Si ya se aprobó por ley, y luego se hizo un referéndum para anularla y no se consiguió. ¿Vale la pena insistir? Los que estamos en contra del aborto, ¿por qué no nos resignamos ante la evidencia y, en su lugar, dedicamos nuestras energías a otras iniciativas, de ayuda a la mujer, que puedan encontrar un consenso social más amplio? Además, uno tiene la impresión de que todo sigue exactamente igual que antes. Ahora cada cual puede guiarse por su conciencia: quien no quiera abortar no se verá en la obligación de hacerlo; y quien lo hace, en su conciencia no comete ninguna ilegalidad. 

Pero hay un problema. La sociedad tenía que resolver la situación de mujeres que se sentían coaccionadas a mantener un embarazo que no deseaban, y la solución que encontró fue el aborto. Pero ofrecer el aborto como opción creó una incertidumbre en una gran masa de gente, sobre si seguía habiendo vida humana donde hasta ahora pensaba que la había. Este pronunciamiento implícito del Estado ha causado una profunda división social.

Nadie querría un aborto si eso significara matar a un inocente. Quienes lo apoyan piensan que no están delante de una persona. Por eso se puede extraer el feto del vientre de la madre sin más cuestión que cualquier otra cirugía de extracción de un órgano. Pero esto es precisamente lo contrario a lo que opinan los que se oponen al aborto. Son dos respuestas opuestas a la pregunta si el feto es un ser humano o no. Es una contraposición más radical que aborto sí, aborto no.

Las democracias permiten que en la sociedad convivan distintas opiniones, porque disponen de mecanismos para validar una de ellas, sin que se quiebre la convivencia. A pesar de las diferencias, se comparten valores más profundos. Todos estamos de acuerdo en el valor de la libertad, de la honestidad, del valor de la vida humana, de la necesidad de aliviar a los débiles, etc. Pero el tema de la condición humana del feto es el punto de partida de todos los valores. Todos los seres de nuestra especie son seres humanos, somos iguales, y por eso podemos compartir valores; pero si no coincidimos en esto, ¿en qué vamos a coincidir? 

La experiencia histórica nos dice que cuando se pone en duda la igualdad de las personas, se cometen grandes estragos. Ha sucedido con los indios, con los esclavos, con los discapacitados, con los inmigrantes pobres y un largo etcétera, fácilmente ubicable en el pasado. Cuando ocurre, automáticamente se abre la puerta a la injusticia, porque quien pone en duda la condición humana de otros, es el mismo que, en definitiva, determina quién es humano y quién no. Y eso lo puede hacer quien ostenta la fuerza. O los hombres tenemos igual dignidad, o unos determinarán por la fuerza quiénes merecen ser considerados tales.

            Cuando la ciencia médica era más primitiva, el momento de la muerte se determinaba por la respiración, mientras se respiraba, la persona estaba viva. Luego se vio que no era un criterio adecuado, porque la persona podía estar viva y no percibirse su respiración. Con el avance médico, se utilizó el pulso cardíaco más preciso que la respiración. Si no, podíamos estar delante de una persona viva, pensando que estaba muerta. Modernamente la muerte se constata por la actividad cerebral que se mide con un encefalograma. Aún así, siempre se ha mantenido el velatorio del cadáver, como el criterio más seguro. El progreso científico nos ha ido proporcionando el verdadero criterio de un ser humano vivo.

            Se ha abierto una división en la sociedad con la ley del aborto: ésa es la razón por la que vale la pena seguir debatiendo el tema. Hace falta un reencuentro de la sociedad en este tema, que se consigue con la verdad sobre el feto humano. El Papa Francisco, en Fratelli tutti, afirma que la verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos. […] Cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas. […].

            No es tampoco un debate extemporáneo. Seguramente será necesaria una ley del rango del Código civil uruguayo para colmar ese vacío, que por alguna razón se produce en este momento, y no en otro. Las circunstancias históricas no las elegimos nosotros, nos vienen dadas, para que sigamos fortaleciendo la cultura que construimos entre todos. 

 

Juan Carlos Carrasco
Ex-Profesor de Ética y Cuestiones de Teología de la Universidad de Montevideo.
Master en Gobierno de Organizaciones
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Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 8/3/2021

Las sugerencias del Papa

AFP


    Así podría titularse la última encíclica Fratelli tutti del Papa Francisco publicada en octubre de 2020. Un llamado, primero a los católicos, para que no se olviden de comportarse realmente como católicos. Y luego a todos los que les preocupe la situación del mundo. Es una voz que escuchan millones de personas y que por eso puede ser eficaz. En un lugar, el Papa hace una afirmación sorprendente: “A veces me asombra que, con semejantes motivaciones, a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia”. Parece una frase de alguien con poco afecto por la Iglesia, pero no del Papa. En su contundencia, empuja a los católicos a decir ¡Ojo! ¡que no nos ocurra lo mismo con la pobreza y la miseria actual del mundo! Que no se nos olvide que 700 millones de personas están por debajo del umbral de pobreza, que pasan hambre, no tienen vivienda, no pueden educarse y carecen de medios para proteger su salud. ¡Y que en Uruguay hay más de medio millón de personas en condiciones de pobreza y vulnerabilidad social! ¡Que no se nos olvide!

            Claro, para solucionar ese problema, tiene que haber un cambio climático en el mundo, no precisamente de temperatura, sino de conciencia social. Si personas o países piensan que no se puede vivir de una forma diferente a la que vivimos, es un problema sin solución. Para ellos, a 700 millones de personas en el mundo, o a medio millón de uruguayos les tocó esa suerte y punto. Sin embargo, para el Papa hay remedios que se pueden poner, o mejor aún, hay “modos” de hacer que pueden y deben modificarse para conseguir el resultado. “Sin dudas, se trata de otra lógica. Si no se intenta entrar en esa lógica, mis palabras sonarán a fantasía”, dice el Papa.

            Hay un nudo gordiano que es preciso cortar: la disputa ideológica de liberalismo y progresismo, en la que estamos enroscados hace 200 años. Es un marco bifronte que una buena parte del mundo se ha fabricado. Con ese marco se clasifica todo. Hay un Papa liberal que dice: “La superación de la inequidad supone el desarrollo económico”. Y hay un Papa progresista: “El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente”. Otra vez el Papa liberal: “Los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras”. Y otra vez el Papa progresista:  “En ciertos contextos, es frecuente acusar de populistas a todos los que defiendan los derechos de los más débiles de la sociedad”.  Hay que abandonar las ideologías, no sirven para gobernar, ni para consensuar, ni para implementar políticas. Dividen. Enconan. Resienten. Se crea un muro en el corazón mismo de las personas, que impide apreciar la opinión de los que piensan distinto.

El problema es cómo se consigue superar las ideologías. Si nos mantenemos dentro del rango de las sociedades pluralistas, el diálogo es el camino más adecuado. Y el diálogo crea consenso. Y mediante el consenso, se llega a valores que son permanentes y se apoyan en la condición misma de persona. No dependen del consenso, aunque se llegue a ellos a través del consenso. No es negociable, por ejemplo, la dignidad humana.

Con las ideologías se priorizan las ideas. Pero hay que priorizar las personas. El Papa lo expresa así: “Nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas”. Por esta senda se pueden elaborar “políticas de Estado” que son las que construyen los países. En Uruguay el tema de la indigencia humana podría dejarse fuera de los planes partidarios. Tener como política de Estado reducir drásticamente la pobreza. Para ello se elabora un plan de medidas consensuado que se aplicará cualquiera sea el gobierno. Y se implementará sin límite de tiempo, hasta su consecución. Pero claro, el plan no tendrá como objetivo terminar con los capitalistas o radiar al Estado de la sociedad. Se penará, en cambio, el capital improductivo y se combatirá la burocracia estatal. Pero no habrá “caza de brujas”. El Estado se aliará con los privados, el campo con la industria y el comercio.

Ese esfuerzo de unidad no puede dejar de lado lo religioso que hay en todas las personas. Se ha anestesiado la expresión religiosa en procura de una falsa tolerancia social. Es preciso ser intolerantes con las religiones que pretendieran violar la autonomía política. Se debe dar, en cambio, el legítimo lugar a las religiones para la construcción de un mundo mejor. O para despertar las fuerzas espirituales, presentes en todo el que vive según un horizonte trascendente. 

 

Juan Carlos Carrasco
Ex-Profesor de Ética y Cuestiones de Teología de la Universidad de Montevideo.
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 18/1/2021

Recuperar lo que se va perdiendo

 


En la Rusia soviética de los años 30 del pasado siglo se produjo el suicidio de algunas personas del mundo de las letras que, como referentes de la intelligentsia soviética, provocaron especial impacto en la sociedad comunista. Uno de ellos dejó escrito: “Que es difícil morir, todos lo sabemos, pero también es difícil vivir”. Esta idea resuena en mi mente ante los datos del descenso de la natalidad en Uruguay. Vivir se ha hecho más difícil en nuestra sociedad. Las explicaciones de los demógrafos sobre este fenómeno no nos aportan demasiadas pistas y no sugieren ninguna solución. Por ejemplo, entre mujeres más educadas, se aplaza la edad de tener el primer hijo. Sugieren que los hijos vendrán igual, pero diez años más tarde, seguramente menos de dos. Sin embargo, esas mismas mujeres declaran luego que les hubiera gustado ser madres más jóvenes. No quedaron satisfechas con su decisión. Entre la población adolescente y pobre, los demógrafos afirman que sucede lo contrario, es decir, que tienen más hijos de lo que quisieran, porque eso no les ha permitido estudiar y han vivido rebuscándose para poder alimentar a sus hijos. Tampoco están satisfechas. Personas de dos capas diferentes de la sociedad que viven un fracaso, vinculado al índice de fertilidad.
He aquí que tenemos ya una causa de la baja natalidad, porque nadie opta por el fracaso en su vida. Parecería que el caso de las mujeres universitarias se podría solucionar si la maternidad no provocara retraso en el ejercicio profesional. El movimiento feminista -fue una consigna de la marcha del 8 de marzo- reclama condiciones laborales que permitan a hombres y mujeres acceder por igual a salarios y cargos en las organizaciones. Creo que es el camino para este sector de la sociedad. Por eso, formar familia no es un reto para la mujer sino para la sociedad. Y esto empodera la vida de la mujer.
    En el caso de las adolescentes pobres, que es el sector donde más crece la población en Uruguay, la medida que se ha tomado tiene un efecto inverso a lo que se busca. Es una campaña de esterilización por parte del Ministerio de Salud Pública, con el uso del anticonceptivo subdérmico de larga duración, que se coloca a las adolescentes en las policlínicas barriales. Una campaña muy exitosa, porque se han logrado bajar 18% los embarazos en tres años, dato que preocupa a los demógrafos uruguayos. Pero he aquí una nueva causa de la baja natalidad. La mujer queda ampliamente en desventaja, porque el hombre, más irracional que la mujer, se mueve con la libertad de algo que no entraña riesgos. Un abuso que el feminismo no ha sabido denunciar. La solución para bajar el embarazo adolescente, es una vez más, el empoderamiento de la mujer que pueda manejar su sexualidad, sin la imposición de un método que la considera incapaz de hacerlo.
    En esta enumeración incompleta de causas, hay un tercer dato a tener en cuenta. El número de matrimonios en Uruguay ha bajado a la mitad en los últimos 35 años de vida democrática, mientras las uniones libres se han multiplicado por cinco en el mismo período de tiempo. No es que las personas sean más libres para no casarse, porque la vida en pareja sigue siendo la opción mayoritaria. En realidad, ha crecido el miedo a un compromiso definitivo. Por una razón: el fracaso matrimonial está muy presente en la vida de todas las personas. La legislación a favor del divorcio, ya hace más de un siglo, ha creado el clima de que no hay otra forma de solucionar los problemas de pareja sino por la ruptura. Desde el momento que está en la legislación, así lo consideran los jueces, los abogados y, sobre todo, las parejas. Y eso causa una tremenda falta de esperanza. Están a la vista las consecuencias de las rupturas. Los hijos de matrimonios fracasados comienzan la vida en pareja con una luz roja encendida. Lo que han vivido, probablemente se vuelva a repetir y no quieren causar a sus hijos el dolor que ellos experimentaron.
    Las tres razones que hemos mostrado responden a un fenómeno común: el miedo al fracaso. Y ese sentimiento se manifiesta en menor fertilidad. No parece disparatado. Pero el miedo no se arregla dando dinero a las parejas para que tengan hijos. La respuesta viene más bien por la responsabilidad personal. Emplear el mismo recurso que resultó exitoso para controlar la pandemia. En este caso, se trataría de conseguir que “las personas tengan la cantidad de hijos que desean, en el momento en que quieran tenerlos y con las condiciones adecuadas para su crianza”, como explicaba el representante del Fondo de Población. Crear las condiciones sociales y económicas para que eso se pueda lograr. En último término, un Uruguay más seguro, más optimista, más esperanzado.
    Quizás los demógrafos piensen que ese cambio no es posible en el país. En ese caso, ellos tendrían que ser los primeros en cambiar su cabeza. Y es que, si no se implementa ese cambio, el Uruguay cambiará igual, pero en su identidad. Porque el territorio que ocupamos no quedará deshabitado. La inmigración se dará naturalmente, y con ella, un cambio de mentalidad que nosotros no hemos sabido provocar. No será el Uruguay que se ha forjado en los casi 300 años que llevamos encima de esta tierra oriental. No será el apocalipsis.

 

Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 19/10/2020


Yo no suicido




En el presente debate sobre la eutanasia estamos oyendo mucho a los políticos y poco a los médicos. Y sin embargo el proyecto de ley es para los médicos. Se está legislando para la comunidad médica. En el artículo 1 se comienza diciendo “Está exento de responsabilidad el médico que actuando de conformidad….le da muerte o la ayuda a darse muerte”. El cambio que introduce es trascendental. Basta pensar que si una persona con enfermedad terminal me pide que acabe con su vida, y lo hago, soy un homicida; pero si lo hace un médico, la ley le asegura que no lo es. En adelante habrá dos personas distintas ante la ley: los médicos y todos los demás. Y no serán distintas por razones de raza, de religión o de orientación sexual, sino por su status moral. El proyecto pretende cambiar, en el caso del médico, su condición moral. El suicidio asistido no es sino un homicidio a pedido. El que lo solicita, si reúne las condiciones que el proyecto determina, tiene derecho a solicitar al médico que cambie sus convicciones morales para atender su requerimiento. No le pide que cambie sus opiniones o sus gustos o sus aficiones. Le pide que cambie sus valores morales, que deje a un lado su identidad personal, por el simple hecho de padecer una enfermedad terminal y querer poner fin a su vida.
Este proyecto pasa por encima de algo básico en la ciencia ética y es la transformación moral que sufre quien realiza una acción. Cuando se comete un crimen, la víctima pierde la vida, y eso es un mal, pero no es el único. Aristóteles, afirmaba que en el homicidio existe un mal mayor, que es que una persona, libremente, se ha transformado en un homicida. Las acciones moldean a los que las protagonizan. En una acción corrupta se corrompe el que la realiza, corrupción que crece con la repetición de acciones en el mismo sentido. 
Se puede objetar que el médico no tiene la obligación de aceptar. Es verdad. Cada cual puede guiarse por su conciencia: quien no quiera hacer una eutanasia o un suicidio asistido, no se verá en la obligación de hacerlo; y quien lo hace con la aprobación de la ley, quizá lo haría en cualquier caso. Y si un médico rechaza la propuesta, habrá que dar con otro médico que lo haga. De ese modo todos actuarían según su conciencia. Además, es un acto en un entorno muy reducido: el paciente, dos médicos y dos testigos. No se causa un mal a otros.
Sin embargo se ha quebrado un valor que unía a toda la sociedad –la democracia necesita valores compartidos- que es el valor de la vida, y se ha instalado un derecho a la muerte. Y eso se ha producido al interior de una comunidad que era la garantía de ese derecho. Hasta ahora hemos recurrido a los médicos para que preserven nuestra salud y confiamos en que tienen el empeño de hacerlo, que lo harán mejor que lo que podríamos hacer nosotros, que van a defender nuestra vida porque los interesados no podemos hacerlo. En adelante, con esta ley, el médico podrá proteger la vida o podrá quitarla deliberadamente, si lo solicitamos.
Quizás sea difícil dar una definición teórica de lo que es un hombre, pero la experiencia nos lo hace descubrir, sobre todo, cuando nos encontramos frente a uno que sufre, que es víctima del poder, que se encuentra indefenso e, incluso, condenado a muerte. Y se puede comprender que es posible caer en la desesperación ante una muerte que llega inexorable. Por tanto, no es un momento de libertad, como se pretende hacer creer cuando alguien pide la muerte. Más bien se ha perdido la capacidad de ser libres. Somos esclavos, más que nunca. No se busca la muerte para dar vida a otro, ni tampoco por un ideal, ni por la patria, ni por la fe. Se hace porque ya no quedan esperanzas. Es la resignación frente a lo inevitable. Justamente en ese momento es que necesitamos que quien está a nuestro lado nos devuelva la esperanza para aliviar el dolor, para que recuperemos nuestra dignidad de personas. Y ese es el rol del médico. Es la persona que lidia permanentemente con la muerte, que ve morir a muchos, y nos asegura que está allí para que no suframos, porque tiene los recursos para eso; más aún: el sentido de su profesión es sanar, y si no puede, aliviar.
¿Qué sucederá si en adelante los médicos quedan divididos en dos grupos, los que rechazan la eutanasia y los que la practican? Seguiremos pensando que los médicos son los que combaten la muerte, los que ponen todo de sí para librarnos de ella si lo pueden hacer. Los otros, diremos que no son médicos. De hecho, es como define el Código de ética médica lo que es un médico. La exposición de motivos del proyecto termina diciendo: “Esperamos, sí, que de convertirse en ley el proyecto que presentamos, el gremio médico se plantee la revisión del citado artículo 46 (artículo del Código que prohíbe la eutanasia)”. El Estado, en defensa de la libertad, es el que impone a los médicos la ética con que deben actuar.
Esta es la óptica con que se debe estudiar el así llamado “cocktail” que supuestamente ya se administra a los pacientes terminales. Se dice que la eutanasia se está aplicando hoy y que la ley es un sinceramiento de esa realidad de hecho, para que la sociedad ponga fin a su hipocresía. Lamentablemente es como funciona con algunos médicos. Pero la mayoría actúa buscando aliviar, aunque el remedio quite la conciencia o acelere la muerte. Este sí es un sinceramiento necesario para la sociedad: que se sepa quiénes hoy ya están aplicando la eutanasia, y programan la muerte del paciente como quien programa una intervención quirúrgica, con fecha y hora.   
Finalmente hay quienes dicen que no se puede aplicar a una sociedad los dogmas de una religión particular. Eso es evidente. Pero hay que tener en cuenta que esta ley es para quienes la muerte es el final. Los creyentes no la necesitan porque saben que el dolor y la muerte no tienen la última palabra, que no hay motivos para la desesperación. 

Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 3/08/2020

Un tema no acabado


Leonardo Carreño

El tema de la laicidad en Uruguay es como una placa tectónica debajo de la tierra, que normalmente permanece inmóvil sustentando el suelo que pisamos, pero basta un leve desplazamiento para que un temblor sacuda furiosamente la superficie y se vengan abajo los edificios más sólidos. En la superficie de la sociedad el clima de tolerancia y convivencia pacífica fruto del Estado laico, parecen valores indiscutidos y asegurados para siempre. Pero periódicamente se producen temblores en la superficie que indican un movimiento profundo de placas geológicas, de cosas que no están resueltas. El último suceso anterior a la pandemia fue una ceremonia en la Catedral de Montevideo con la presencia del presidente, al día siguiente de haber asumido.  Inmediatamente algunos objetaron que se violaba la  Constitución, al participar el gobierno de una ceremonia interreligiosa.


La realidad es que no fue un acto de culto católico sino un encuentro en el que, además del Cardenal Sturla, asistieron representantes de la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, la Iglesia Anglicana del Uruguay, la Evangélica Armenia y un rabino de la comunidad judía.  El Estado no se puso en la situación de favorecer un culto determinado, sino que asistió a un encuentro en el que se rezó por los desafíos del nuevo gobierno para bien de la gente. En término de escena, cada uno estuvo en su sitio: las distintas religiones elevaron sus plegarias y el Estado no desestimó ese acto sino que lo agradeció con su presencia. No se violó la Constitución, sino que se favoreció la expresión de los cultos reconocidos por ella. 

También podían haber estado representantes de las personas agnósticas del Uruguay. También ellas sostienen la existencia de un Dios, aunque no vayan más allá de su existencia. Son personas que no se identifican con ninguna religión positiva, pero reconocen a un Ser superior, constructor  del orden del universo, al que pertenece nuestra sociedad, y son solidarios con los cultos religiosos en invocar a Dios como ese Ser del que todo depende, para que el nuevo gobierno democrático tenga una buena gestión, en provecho de toda la comunidad. Todo el que sostenga que existe un Dios podía haber estado allí, sin violar el derecho de nadie.

Las protestas vienen de personas que entienden que se viola la laicidad del Estado ante cualquier aparición pública de cualquier religión. La religión en sí misma es para ellas peligrosa, porque si se permite –piensan- la sociedad se verá arrastrada a la división social y al fanatismo. No es honesta esta actitud de unir fanatismo y religión. En todos los sectores de la sociedad hay manifestaciones radicales que si no se perciben con espíritu amplio, podrían sonar ofensivas.


El campo de la política es un ejemplo paradigmático. Un político cuyo espíritu de tolerancia no se puede poner en duda, durante el período electoral, afirmó que las elecciones iban a dirimirse entre los que piensan que Venezuela es una dictadura y los que opinan lo contrario. Suena intolerante esa clasificación de enfrentamiento de personas, durante una campaña electoral, que debe ser el momento de mayor respeto. El tema deportivo presenta ejemplos mucho mayores de intolerancia porque incluso se consideran honorables. Y de hecho ha habido víctimas mortales. El fanatismo, por tanto, no es patrimonio de lo religioso, sino de toda acción humana que se cierra a lo que es distinto. Es un ataque a la religión identificarla por sí misma con el fanatismo, más si lo que se quiere salvaguardar es la tolerancia.

Las causas de esta hostilidad a lo religioso se pueden buscar en el choque del Iluminismo con la Iglesia Católica, especialmente en Francia, en el siglo XVIII. La Iglesia tardó mucho en distinguir la noble causa de la reivindicación de la libertad social y política, de las actitudes hostiles a la Iglesia que acompañaron a esos ideales. A esos ataques, la Iglesia se resistió, y eso retrasó su toma de conciencia del contenido de la libertad religiosa, que llegó más tarde. Esta conciencia ha seguido madurando con el paso del tiempo, y es necesario que se vaya plasmando en nuevas formas sociales, para las que no estábamos preparados cien años atrás.

La sociedad actual, lejos de las violencias de otros momentos, merece una visión más amplia y justa de lo que significa la laicidad del Estado. Me voy a servir de un discurso que pronunció el expresidente francés, Nicolás Sarkozy, en octubre de 2008, y que nos es especialmente cercano porque Francia proclamó la separación de la Iglesia y el Estado en 1905, doce años antes que en Uruguay, con clara influencia sobre nuestro país. Dice: “Ya nadie contesta que el régimen francés de la laicidad es hoy una garantía de libertad: libertad de creer o de no creer, libertad de practicar y de cambiar de religión, de no ser discriminado por la Administración por motivos religiosos...La laicidad se presenta como una necesidad y una oportunidad”. Suscribimos estas afirmaciones. Y continúa: “La laicidad no debería ser la negación del pasado, no tiene el poder de desgajar a Francia de sus raíces cristianas. Ha tratado de hacerlo. No hubiera debido”. También suscribimos estas palabras. Finalmente: “No se trata de modificar los grandes equilibrios de la ley de 1905. Se trata, en cambio, de buscar el diálogo con las grandes religiones de Francia y de tender por principio a facilitar la vida cotidiana de las grandes corrientes espirituales en vez de tratar de complicársela”.

Estas ideas son compartibles por todos –creyentes y agnósticos- y abren grandes posibilidades para el país porque iluminan una nueva etapa del país laico que todos queremos.




Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 17/06/2020