Ni uno menos


Cuando era chico, me decían que en Uruguay éramos pocos pero teníamos la ventaja de que los problemas eran más fáciles de solucionar. Me parecía lógico. Así lo expliqué también a otros cuando hablaba de mi país: somos pocos, pero gracias a eso, nos entendemos mejor. Con el paso del tiempo empecé a dudar de esa afirmación porque, por ejemplo, en el siglo XIX éramos menos todavía y hubo más guerras civiles que en nuestra época. Parecía que la solución sangrienta de los problemas más bien había disminuido con el aumento de la población. Por otro lado, teníamos otros problemas porque el mercado es demasiado chico,  la masa crítica demasiado pequeña para crear grandes emprendimientos culturales o científicos. Además aprendí que había otros países más pequeños con mucha mayor población, que se cuentan entre los más desarrollados del mundo. Países como Bélgica, con 30.000 km2 y 11 millones de habitantes. Inglaterra, que si fuera un estado soberano, sería el más densamente poblado de la Unión europea, después de Malta, con 407 habitantes por km2. O Singapur, que tiene 697 km2 y 5 millones de habitantes, de los que 2 millones son extranjeros y de los restantes nativos, el 75% son chinos y el resto malayos, indios y euroasiáticos.
    Ahora bien, si solamente fuéramos pocos, sería cuestión de conformarnos de que no seremos un gran país en el futuro o que nuestra influencia sobre el resto del mundo será insignificante. Nos resignamos. Pero el problema es que se viene registrando una tendencia a la baja en la natalidad. El Ministerio de Salud informó que en 2018 hubo 2.897 nacimientos menos que el año anterior. Curiosamente este descenso nos asemeja a los países desarrollados, Europa occidental y Japón, donde la tasa de fertilidad es de 1,85 –por debajo de la de reemplazo que es 2, 1-. El hemisferio norte –donde están los países desarrollados- decrece en población, mientras el hemisferio sur sigue creciendo: más del 90% de menores de 24 años viven en el hemisferio sur. En suma, nos parecemos a los países desarrollados del hemisferio norte pero vivimos en el hemisferio sur. La perspectiva, si no hubiera cambios, sería desaparecer como nación y ser absorbidos por poblaciones con crecimiento más pujante.
    En Europa y Estados Unidos la teoría de Malthus, que afirma que la población crecerá más que los alimentos y se producirá una situación de hambre a nivel mundial, llevó a aplicar prácticas de control de la natalidad que terminaron creando una despoblación a niveles preocupantes en algunos de los países. Malthus fue desmentido años después, cuando se comprobó que, gracias a la tecnología, la producción de alimentos se multiplicó mucho más que la población. Ante el fracaso inicial, la teoría mutó su objetivo por el de combate a la pobreza, facilitando la disminución de la natalidad entre los más pobres. Conseguir que los pobres sean menos fértiles para sacarlos de su pobreza. No se alcanzó, sin embargo este objetivo, pues la mayor adhesión a su predicación se consiguió entre los grupos sociales más elevados. Fueron los ricos los que comenzaron a inclinarse por una familia restringida, para mantener seguridades ya conseguidas y como consecuencia de un  aburguesamiento ético creciente. Hasta aquí, lo ocurrido en los países desarrollados. Uruguay, hemos dicho, ha adoptado este patrón, según lo que se observa en las políticas anticonceptivas de las autoridades sanitarias. Obviamente no se podría aplicar el malthusianismo por escasez de alimentos, pero sí su segunda versión, el combate a la pobreza. A ello se ha añadido lo que podríamos llamar una tercera versión, con la nueva agenda de derechos. El Ministerio de Salud informó que durante 2018 hubo 10.711 interrupciones voluntarias del embarazo.
El clima anti-demográfico es inevitable. El problema es qué acciones tomar, porque no se puede imponer un control de natalidad inverso, desde el momento que está en juego la moral de la persona, fuera del alcance de cualquier gobierno. Sería absurdo pretender imponer que se tengan hijos. Pero se puede crear una legislación “espejo” de la aprobada en los últimos gobiernos. Una legislación que permita que la familia de 3-4 hijos tenga más facilidad para cubrir sus necesidades de salario, educación y vivienda. Hay sectores de población –de diferentes niveles económicos- que aspiran a una familia más numerosa que la de uno o dos hijos. Se trata de potenciar el valor demográfico de estos sectores, salvaguardando de paso su derecho de decisión, cercenado a veces por razones económicas.
La campaña electoral no puede abordar el tema porque aún falta crear conciencia de la crítica situación en que nos encontramos. Pero su gravedad irá en aumento y no se podrá soslayar. Pensamos que será parte de los temas para “el día después”.

Juan Carlos Carrasco
Ing. Industrial Mecánico
Master en gobierno de organizaciones

Artículo publicado en el diario El Observador de Montevideo el 23 de mayo de 2019

PORQUÉ GANA EL FRENTE



Para fundamentar tal afirmación haría falta un conjunto de argumentos de carácter político, sociológico, histórico; y además gozar de una buena cuota de suerte para acertar. Es cierto. Un desafío a todas luces. Pero eso no me impide elaborar un razonamiento, más modesto, que aporte algunos elementos al debate previo a las elecciones de octubre. La conclusión del razonamiento corre por cuenta del autor.
             Luego de 15 años de gobierno, el Frente es un barco con daños en el casco pero que no le impiden navegar. Hay realidades que la oposición no cesa de marcar como el endeudamiento, el déficit fiscal con aumento de impuestos incluido, el deterioro de la educación, la inseguridad, focos puntuales de corrupción. Por eso se afirma que esta elección es más incierta que las anteriores. Pero ninguno de esos elementos, en mi opinión, llega a afectar la estructura del Frente. En una entrevista en el diario El País, Marina Arismendi, ministra de Desarrollo Social, decía que “cuando las izquierdas se equivocan, o cuando no hacen lo necesario, los que se embroman son siempre los mismos: los niños, los viejos, los pobres, las personas con discapacidad..”. Es decir, si el Frente pierde, vendrá la desolación sobre la gente necesitada, porque a la derecha –como se clasifica a los que piensan distinto-, no le interesan los pobres. Obviamente esto no es verdad, pero es el cerno del pensamiento ideológico. Y éste permanece. Es decir, el Frente se preocupa hoy por los pobres más que la oposición.
            Las ideologías simplifican la realidad, la dividen en 2 partes, una es la buena y otra la mala, y la buena debe vencer a la mala para alcanzar la felicidad de todos. En el Frente hay ideología; también la hay en la oposición, pero más débil. Ésta le recrimina al oficialismo el déficit fiscal, el riesgo de perder el grado inversor, el deterioro de la educación y la inseguridad. Pero el déficit fiscal –altamente pernicioso- no afecta a una enorme mayoría de gente. Perder el grado inversor, como podría suceder, no es un problema a corto plazo para muchos. Incluso el estado de la educación, preocupa a menos gente de lo que parece, como decía el profesor Rilla, hace pocos días. Quizás la inseguridad es más cercana a la gente y hace más fuerza. Por otro lado, el Frente sí ha conseguido objetivos, y no se pueden soslayar. Y algunos de los que no se consiguieron, son difíciles de conseguir para cualquiera. Sin ir más lejos, la burocracia estatal es un “bolo alimenticio” que hay que ver quién lo traga.
            La ideología de la izquierda, a su vez, no es una flor nacida en el descampado, sino en un terreno abonado por el batllismo, el otro pensamiento que fue tan fuerte como el de izquierda. Apoyado en el liberalismo de viejo cuño, y con un fuerte ingrediente de anti catolicismo, el batllismo también tuvo un componente altamente social. Constituyó un período muy rico en la legislación laboral y social, que colocó al Uruguay dentro de los países de avanzada. Pero con una concepción del Estado que lo hizo el único protector de los débiles.
Vale la pena citar aquí a Luis Batlle, para ver su concepto de justicia social, 20 años antes de que la lucha de clases se transformara en el motor del cambio social: “Cuando se amasa la riqueza entre el capitalista y el trabajador, lo que se produce es de todos y tiene que repartirse con equidad para que no exista el que lo tiene todo y el que no tiene nada, porque eso no es ni la tranquilidad ni la paz, ni la justicia; eso es la arbitrariedad y con arbitrariedad no podemos asegurar la paz social”.  Este impulso del batllismo se conserva y potencia con el Frente Amplio. Es una corriente que viene de atrás y se ha afianzado.
Otro elemento a considerar es el clientelismo político, que ha contribuido al éxito del sistema partidario, y que es la utilización, principalmente por el partido de gobierno, del aparato del Estado con fines electorales. Un voto por el empleo público, ha formado la ya mencionada burocracia, adicta al partido al que se debe. Hay una buena masa de empleados públicos que han llegado al Estado a través del Frente. En esto no ha habido cambios  respecto a los partidos tradicionales. Las razones mencionadas hacen pensar que la confrontación de fuerzas entre el Frente y la oposición, es despareja, y debería prevalecer la ideología, desde mi punto de vista. El batllismo gobernó 30 años en el primer período y 12 años en el segundo. Casi medio siglo. El Frente Amplio lleva 15 años en el poder. La política no es matemáticas pero hace más gráficas las ideas.
Hay una última similitud que quiero resaltar y es la lucha por los derechos de la mujer, signo de nuestro tiempo, y que todavía es un ideal a conseguir. El batllismo, sin embargo, identificó ese derecho con la liberación de la mujer de las cadenas del matrimonio, como lo expresaba Batlle y Ordóñez. Aunque originalmente no era una idea popular, sino más bien de una pequeña minoría, se difundió con el tiempo dentro de la sociedad hasta volverse una institución. Al punto que, cien años más tarde, todavía cuesta vincular esa mentalidad divorcista con los males sociales que padecemos, como el retraso educativo, la droga, la delincuencia, la violencia doméstica. Sin familia, la sociedad se llenó jóvenes que tienen que valerse solos, que han perdido las referencias sociales, que se van transformando progresivamente en “lobos solitarios”. El proceso ha continuado y la pendiente agenda de derechos de las mujeres ha llevado al Frente a dar una pretendida respuesta con el aborto, la congelación de embriones y el matrimonio igualitario. Las consecuencias de estas leyes todavía son impredecibles, aunque es posible que se acorten los tiempos entre causa y efecto.
Si mi pronóstico sobre las elecciones es equivocado, queda pendiente otro artículo para disculparme.
Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial mecánico
Master en gobierno de organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 4/4/2019
http://jcarrascosite.blogspot.com/

Más libertad


Vamos terminando gradualmente el período de examen sobre el 2018. Un examen que todo el país realiza al finalizar cada año y que arroja los desafíos que hay que acometer el año próximo. Se escucha que la economía crece bastante menos que antes, que el déficit fiscal ha aumentado, que la inseguridad se ha incrementado y la educación ha empeorado. Hay un consenso bastante generalizado de que esos son algunos de los problemas a resolver. ¿Quién los tiene que resolver? Lamentablemente, en esto también hay bastante consenso: el gobierno. Parafraseando a Artigas, “nada debemos esperar sino... del gobierno”. En consecuencia, iremos a los políticos, especialmente en año electoral, a preguntarles qué van a hacer. Cómo van a impulsar la economía para que el país tenga mayor riqueza. Cómo la van a distribuir. Qué haremos para que los ingresos superen los gastos. Y por supuesto, de qué manera transformaremos la educación para que sea moderna y eficiente. Y así con el resto de los temas que importan. En consecuencia, las expectativas están puestas en ellos.

¿Pero qué sucederá si los problemas no se arreglan? Si seguimos padeciendo los mismos males? Los políticos tienen la culpa -se dirá- porque no supieron arreglar las cosas para que el país “arranque” de una vez. A veces muestran la capacidad, no de resolver problemas, sino de generarlos donde no los hay. Muchas crispaciones y conflictos surgen de errores de gobernantes, desde los líderes de las grandes potencias, a las autoridades locales. Esto ha hecho que la clase política no sea la más valorada en los tiempos que corren. Pues, si los problemas permanecen, se producirá una gran decepción. Y aumentará el pesimismo que tristemente parece formar parte de nuestra identidad. ¡Ojalá me equivocara en esta descripción de sucesos! Porque la realidad es que necesitamos levantar la cabeza y respirar a pulmón lleno, so pena de que haya gente que deje el país y la población siga decreciendo. Soy optimista de que eso no sucederá y que habrá cambios alentadores, aunque es necesario un cambio de paradigma, que nos haga encontrar los resortes que realmente producen los cambios.

A lo largo del siglo XX, el país fue experimentando una progresiva pérdida de vitalidad que se ha transformado casi en agonía en el siglo XXI. Se le podría llamar estatización, pero esto no describe la realidad adecuadamente. El Estado ha ido creciendo porque la sociedad se ha empobrecido en sus energías, en su creatividad, en sus iniciativas. A mi modo de ver, la raíz más profunda es la incomprensión del valor de la libertad o, quizá, la subordinación de su valor a otros que parecen más importantes o más urgentes, como pueden ser, por ejemplo, la seguridad económica y la igualdad por decreto, con la falsa creencia de que sólo el Estado puede conseguirlo. La ideología liberal, con la doctrina batllista de principio de siglo, sembró la sospecha sobre lo privado. El Estado era el garante de toda justicia porque los particulares sólo pueden atender a sus intereses. El incremento de la actividad pública aseguraría la honradez, la igualdad, la prosperidad de la nación. Dentro de esta ideología no cabe la posibilidad de que un ciudadano pueda distribuir riqueza a su alrededor sólo porque se lo dice su conciencia. Esto compete al Estado que es el que piensa en el bien de todos. Y por eso debe ocuparse, no sólo de las tareas inherentes al gobierno de la sociedad, sino también de las actividades que por “seguridad nacional” deben protegerse, como el abastecimiento de combustible, los teléfonos, la electricidad, el suministro de agua. Entonces la libertad de conciencia se recorta y crece el elemento coactivo por excelencia, que son los impuestos, que hacen posible solventar la acción omniabarcante del Estado.

Si la conciencia ética de cada ciudadano es la que dicta el bien que debe hacer -y el mal que no debe hacer-, su función se sustituye por la conciencia del gobernante. Pero quitar la posibilidad de que alguien resuelva por sí mismo lo que puede y debe hacer en provecho de los demás, es disminuir su libertad, y con ello, su responsabilidad. Esto viene sucediendo en nuestro país desde hace tiempo. El campo de la acción personal se va reduciendo. Claro, hay una historia pasada que despierta temor a la libertad de conciencia. El capitalismo, provocado por el liberalismo del siglo XIX, creó enormes abismos de desigualdad y explotación. El campo de batalla de la “lucha por la vida” en que la sociedad se transformó, fue en aumento y engendró más lucha, la de clases. Decía Chesterton, hablando del liberalismo: “El hombre se declaró autónomo, con libertad absoluta respecto a todo, sea Dios, la familia, sus jefes o sus dependientes. Responsable sólo ante sí mismo y su conciencia. Es lógico que para ese sujeto aislado la vida sea una lucha. Struggle for life. Y que su motivación sea sólo su beneficio, aunque conlleva la aniquilación de los más débiles por los más fuertes, al amparo de sus propios intereses. El marxismo transformará al individuo en “masa” y proclamará que existe una ley histórica inexorable que acabará con el capitalismo y creará un mundo de justicia y felicidad”. El estatismo descontrolado fue un remedio más terrible que la enfermedad que pretendía curar.

El triste proceso de pérdida de libertad que comenzó en el mundo con los excesos del liberalismo de fin del XIX, en nuestro país creció con el batllismo de la primera mitad del XX, y se acentuó con el marxismo de la segunda mitad del siglo XX, que sobrevive aún en sectores de la izquierda. Devolver a la sociedad esta libertad y su consiguiente capacidad de crear soluciones y abrir nuevos caminos: he ahí un desafío para la clase política. Dejar espacio a la conciencia de los ciudadanos, sin pretender sustituirla, y ayudarles al mismo tiempo a enfrentar su propia responsabilidad, es una tarea apasionante y posible.


Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 21/2/2019

LO QUE LA IGLESIA NO ES




La Iglesia siempre es noticia. Pero a veces las noticias no coinciden con la realidad de la Iglesia. Las explicaciones son sencillas, pero es verdad que no siempre lo sencillo es sinónimo de fácil. Dos ejemplos se pueden señalar que ilustran esta afirmación: la libertad de conciencia y el concepto de cultura: tan apreciada por el liberalismo, la primera, y por la ideología marxista, la segunda.  

         La conciencia es, dentro de la Iglesia, el punto de apoyo de todo el edificio. La idea de que la fe religiosa obliga a los creyentes a aceptar verdades contrarias a su sentir, es tan errónea como poco atractiva. Porque precisamente es a través de la conciencia que se descubre la realidad, objetivo de cualquier persona honesta. Más aún: si es posible, lo que se desea es alcanzar sabiduría, que Aristóteles definió como “gustar de las cosas como las cosas son”. La Revelación cristiana es fuente de verdad, y la conciencia la reconoce, siempre que se mantenga libre de intereses personales. Con esa conciencia, la persona descubre la existencia de Dios; reconoce que su persona no es centro del universo más que los demás; que el mundo es propiedad de todos, no solamente de los que indica el mercado o de los dueños del capital. Con esa misma conciencia, el creyente juzga a la Iglesia y le da su asentimiento. Esta actitud la expresa el Cardenal John Henry Newman- presbítero anglicano convertido al catolicismo en 1845, nombrado Cardenal en 1879 y beatificado en el 2010, por Benedicto XVI en el Reino Unido-. En Newman, su conversión es un acto en el que queda de manifiesto el primado de su conciencia respecto a cualquier otra razón. Luego de su paso al catolicismo, escribió al duque de Norfolk: “Ciertamente si yo pudiese brindar por la religión después de una comida –lo que no es muy indicado hacer-, brindaría por el papa. Pero antes por la conciencia, y luego por el papa”. Algo tan fundamental como el rol del papado sólo se entiende rectamente a la luz de la conciencia. 

         En el campo de la cultura, hay que entender la presencia de la Iglesia no como la de un cuerpo extraño dentro de la sociedad, sino la de miembros libres de esa sociedad que viven sus valores en armonía con los demás que no comparten su religión. Sus ideas y estilo de vida, junto a las de otras corrientes intelectuales y morales, conforman la cultura. Así se forjó la cultura de Occidente y el Cristianismo marcó su sello sobre la vida de ese mundo que es el nuestro. Costumbres originalmente cristianas, se trasladaron al resto de la sociedad y se hicieron patrimonio común. Expresiones como “ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos son uno solo en Cristo Jesús” -presentes desde el inicio en la Iglesia antigua-, desembocaron en la consideración de la igual dignidad de todos los hombres. Es cierto que a la humanidad le falta mucho por recorrer para llegar a las últimas consecuencias de esa idea, pero sabe hacia dónde camina. No ha sucedido igual en otras civilizaciones. Igual suerte tuvieron los conceptos cristianos de persona, familia, Estado, ley o Dios. 

Pero la cultura es histórica, al menos en el mundo judío y cristiano. No surge encerrada en sí misma, sino que fluye con el tiempo. Y durante la modernidad, la cultura dejó de ser mayoritariamente cristiana. En 1985, en una entrevista, el Cardenal Ratzinger -quien sería Papa 30 años después-, decía: “Resulta incontestable que los últimos veinte años han sido decisivamente desfavorables para la Iglesia católica” Y añadía: “Los cristianos son de nuevo minoría, más que en ninguna otra época desde finales de la antigüedad”. Este severo juicio sobre el período posterior al Concilio Vaticano II, no lo atribuía el Cardenal al propio Concilio, sino a dos causas, una interna y otra externa a la Iglesia. Por un lado, a haberse desatado en el interior de la Iglesia fuerzas centrífugas que ingenuamente confundieron el progreso técnico con un progreso espiritual auténtico. Un conflicto interno que debilitó a la Iglesia. Y externamente, al choque con una revolución cultural de “ideología radicalmente liberal de sello individualista, racionalista y hedonista”. Estos dos hechos han llevado a nuevos parámetros sociales, dejando a la Iglesia en un rol cultural secundario.

 

En este nuevo escenario, la Iglesia sigue siendo el conjunto de los cristianos, como se les llamó desde el siglo I, en Antioquía. Viven sus valores, que trasmiten a los demás, y los reciben de ellos. No siempre coinciden, pero responden a un pensamiento auténtico. Está a la vista lo que han opinado en temas de reciente legislación. Se oponen al aborto, por ejemplo, porque consideran que no es la vía para salvaguardar los derechos de las mujeres. Abominan, como todos, de los abusos sexuales que han salido a la luz en el último tiempo. O si no aceptan el matrimonio igualitario es porque piensan que no es un matrimonio y no soluciona las situaciones de discriminación que existen. Esta es la auténtica visión de una Iglesia auténtica, tal como cualquier persona que defienda la diversidad espera recibir. Por este camino se enriquecen mutuamente Iglesia y cultura.  

Juan Carlos Carrasco
Ingeniero Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 24/12/2018

El pueblo, ¿dónde está?





El calificativo de “popular” es algo que muchas figuras políticas o movimientos o partidos, querrían tener. Sin embargo, el uso del término ha sido tan fluido a lo largo de la historia, desde la Revolución Francesa en adelante, que se ha convertido en una palabra opaca, sin verdadero contenido. La realidad es que hay cosas que llevan ese nombre con justicia. El fútbol, en Uruguay, sin duda es realmente popular. Logró unir a todos los uruguayos detrás de algo tan mítico como un Campeonato del mundo. Durante un mes, olvidamos las divisiones sociales, políticas o económicas, y compartimos unánimemente la alegría y la tristeza.
Lograr que sean populares otros aspectos de nuestra sociedad, de contenido más hondo y duradero, es un importante desafío. Sin duda que la respuesta depende de lo que se entienda por “popular”. En varios momentos de la historia moderna ha habido movimientos que se declararon populares y no lo eran. La Revolución Francesa fue quizás la primera en utilizar el concepto. El “pueblo” que se alzó contra los sectores aristocráticos correspondió, en realidad, a una particular clase social -la burguesía o tercer estado-, que procuró imponerse a otros estratos sociales que tuvieron que sufrir persecuciones y ejecuciones a manos de los revolucionarios. Lo realmente popular de la Revolución fue el deseo de eliminar las diferencias de los individuos ante la ley o el reclamo a una serie de derechos, bien resumidos en las consignas de libertad, igualdad y fraternidad. Éstos son los valores que el pueblo defendió y que permanecen. La Revolución, en cambio, derivó a un régimen de terror, luego a una dictadura, para volver a una monarquía.
La Revolución industrial y la difusión de las nuevas técnicas de producción contribuyeron a ampliar, a los estratos más desfavorecidos, las ventajas materiales reservadas a la burguesía. Esas masas, de entorno rural, emigraron a la ciudad para incorporarse al proceso industrial. La ideología del momento –el liberalismo y su laissez faire-, las sometió a una ley de oferta y demanda incontrolada, y se formaron verdaderos ejércitos de gentes desposeídas, de masas de trabajadores, cuyas condiciones materiales de existencia, frente a la del propietario ciudadano, revelaron la insuficiencia de los principios de igualdad y libertad jurídica pregonados por los liberales. Una vez más, lo que el pueblo buscaba era un reparto más equitativo de los bienes y una igualdad de posibilidades sociales y económicas, no una ley económica que se pretendía autosuficiente para repartir con justicia, condenando cualquier intervención de la autoridad.
También el marxismo proclamó una nueva y definitiva era, en la que el pueblo explotado por el capital, alcanzaría el poder y transformaría el mundo en un paraíso de igualdad y justicia. La matanza de decenas de millones de personas en las zonas que estuvieron bajo poder comunista, muestra que las masas controladas por un régimen central dictatorial no fue un movimiento espontáneo de los pueblos.
Con el liberalismo vino el laicismo, una ideología que exalta una supuesta tolerancia proscribiendo cualquier manifestación religiosa en el ámbito público. El laicismo no fue un movimiento popular. Sí lo es la religiosidad popular, y la convicción de todos, de que se deben respetar las distintas posturas, buscando mecanismos que permitan expresarse con libertad, según la conciencia de cada uno.
Lo popular se vincula a impulsos profundamente humanos –de libertad, solidaridad, religiosidad y muchos otros- que amalgaman la tradición con la creatividad, sin rigideces ni imposiciones. La sociedad va encontrando soluciones a problemas todavía sin resolver, que al producirse sin violencia, resultan populares y permanentes.
La actual agenda de derechos, que responde a la aspiración popular de atender la situación de mujeres que no desean un embarazo o a la de personas de inclinación homosexual o transexual que sufren injusta discriminación, da paso por momentos, a una dura intransigencia frente a quienes buscan soluciones que les parecen más reales y duraderas, aunque distintas. A veces esa rigidez deviene en persecución social, y parece que vuelve a repetirse la historia de imponer al pueblo lo que paradójicamente es impopular.

Juan Carlos Carrasco
Ingeniero industrial mecánico
Master en gobierno de organizaciones
Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo el 1/10/2018

A 50 años de una suba del boleto



Mayo de 1968. París y Montevideo. Una brevísima cronología (1) de las jornadas de ese mes, nos da idea de acontecimientos que fueron historia. En París, el 3 de mayo hay una manifestación de estudiantes en protesta contra la guerra de Vietnam, en el Barrio Latino, convocada por la Juventud Comunista, la Unión de Estudiantes Comunistas y otras fuerzas de izquierda. Se interrumpe el tránsito en Bv. Saint Michel y en Bv. Saint Germain. Hay choques con la policía en los días siguientes. El 13 de mayo se inicia una huelga en la fábrica Renault y los obreros ocupan la planta. El 15 de mayo los estudiantes ocupan La Sorbona. Los reclamos estudiantiles son diferentes según las facultades. En Letras, se propone dar los exámenes inminentes en forma distinta de la tradicional: entre los candidatos al diploma, quienes sean considerados dignos lo obtendrán automáticamente, los otros se someterán a un examen escrito, y en caso de fracaso, podrán presentarse a un examen oral. En Bellas Artes se discute el “papel objetivo de la urbanística”, como de la arquitectura y el arte, en la sociedad. En Medicina y Derecho se habla con insistencia cada vez mayor de autonomía de la Universidad, de “administración directa de los enseñantes y de los estudiantes”, de la revisión indispensable y profunda de los principios pedagógicos de la enseñanza universitaria.
         El 19 de mayo, desde todos los confines del país llegan noticias de que los trabajadores ocupan empresas industriales. Los obreros cuelgan en las puertas de las fábricas banderas rojas y, cantando “La Internacional”, salen a las calles y plazas de las ciudades. Se anuncia que el presidente Charles de Gaulle hablará a la nación. En su discurso del 24 de mayo, De Gaulle reconoce la necesidad de reformas y, para llevarlas a cabo, anuncia un referéndum en junio: si sale “No” dejará el gobierno, si sale “Sí”, implementará las reformas con el respaldo del país. Como reacción al discurso, el Secretario del Partido Comunista Francés declara que “el régimen gaullista debe irse”. Continúan las manifestaciones violentas. Finalmente el 31 de mayo, en un nuevo discurso, De Gaulle anuncia la disolución de la Asamblea Nacional y pospone el referéndum porque no es posible realizarlo en el estado de paralización del país. Acusa a grupos organizados de “intimidación e intoxicación” del pueblo francés.
         En Montevideo, el 11 de mayo se informa que la policía apaleó a alumnos del Liceo Rodó y del Liceo Nº 11 del Cerro, que salieron a expresar su oposición al aumento del boleto estudiantil, de $ 6 a $ 10. Los liceales cortaron el paso de vehículos en Colonia y Convención, y luego en 18 y Río Branco. El 15 de mayo continúan las manifestaciones. Se obstruye el tránsito en 18 con bancos de la Plaza Libertad y se apedrean ómnibus de CUTCSA, frente al Liceo Suárez. Al día siguiente, el presidente de CUTCSA da una conferencia de prensa para informar sobre la situación deficitaria de los servicios de transporte. Pero agrega que no hay motivos para la movilización estudiantil con actividades disolventes y que, si entre los reclamos estudiantiles se incluyen la nacionalización del transporte y la reposición de un interventor en AMDET, se puede advertir la presencia de una organización que no es esencialmente la de los estudiantes. El Intendente se reúne con delegados estudiantiles, y el 17 de mayo el Director de Planeamiento afirma que el precio del boleto se mantendrá, confirmándolo el Intendente dos días después. El 18 de mayo estudiantes de UTU ocupan la sede de Arroyo Seco, reclamando una deuda de $ 400 millones del Ministerio de Hacienda.
         El 22 de mayo se ocupa el Instituto Magisterial reclamando becas, comedor estudiantil y un 3º turno de cursos para alumnos que trabajan y estudian. El 27 de mayo el Comité Universitario del Frente Izquierda de Liberación publica las conclusiones de la Convención recién realizada. La consigna es: “El Rescate de la Nación”. Y hace un llamado a la juventud para que se levante y diga “no” a la deuda externa y al monopolio de la banca, en manos de un pequeño grupo de 600 familias entrelazado con el voraz capital extranjero. El 29 de mayo el Intendente anuncia la suba del boleto urbano, pero el estudiantil se mantiene en $ 6, con un subsidio de 100 millones del gobierno. Continúan las manifestaciones que bloquean 18 de Julio. El día 31 son dieciocho los liceos ocupados, junto con la sede de la UTU y el Instituto Magisterial.
         Con la perspectiva de los 50 años transcurridos, se puede deducir que muchos de los reclamos estudiantiles son justificables –en París y en Montevideo- por las circunstancias de los países en esos años, pero no pasaron de mera fantasía detrás de la dura realidad de la utopía marxista. Alexander Soltzhenitsyn escribió que existe una delgada línea que atraviesa los corazones de los hombres y que divide en dos la realidad: se llama “ideología”. Obreros y capitalistas, pobres y ricos, progresistas y conservadores, explotados y explotadores, público o privado: en síntesis, buenos y malos según cada una de las dos mitades a las que toque pertenecer. Dos grandes ideologías han intentado dominar el mundo en los siglos XIX y XX: la ideología liberal y el marxismo. Llegaron con 100 años de diferencia, a cambiarlo todo, a generar una revolución que rompiera con el pasado y creara un mundo nuevo. El mundo cambió, pero no por las ideologías, sino por el trabajo lúcido de mucha gente, de arriba y de abajo, que se lanzaron a solucionar los verdaderos problemas del mundo. Cinco años más tarde de los sucesos del 68, se produce en Uruguay el golpe de Estado, cuyos efectos dolorosos continúan. Lo mismo sucedió con la ideología liberal, cien años antes, que también condujo al militarismo de Latorre y Santos. La enseñanza es que cuando la sociedad logre librarse de las ideologías, podrá solucionar sus problemas reales.

(1) Diario “El Popular”, ediciones de mayo de 1968.
Juan Carlos Carrasco
Ing. Industrial Mecánico
Master en Gobierno de Organizaciones

Artículo aparecido en el diario El Observador de Montevideo, el 5 de julio de 2018.